Mi mayor tesoro: Nada que perder

¡Hola, bonitxxxxxs! Aparezco un viernes cualquiera por aquí para deciros que después de mucho pensarlo, me he decidido a ir subiendo capítulos de mi libro en este blog. No os voy a mentir, me da un poco de respeto, que no se entienda lo que quiero expresar, que no os guste…son tantas cosas que me hacían pensar que era mejor guardármelo para mi sola…pero, también dentro de mí, sé que estoy eufórica, con ganas de saber si lo que escribo le puede gustar a alguien más que a mi, además…que si lo guardaba solo en mi ordenador, sin que el resto del mundo pudiera tocarlo, esto nunca lo iba a saber.

Os voy a contar un poco cómo se fue gestando este libro poco a poco. A decir verdad, siempre he escrito, muchas ideas que plasmaba en papel o en Word, pero que al poco tiempo me cansaba de ellas. Decenas de miles de libros empezados que los dejé a las pocas páginas. Libros que no me motivaban a continuar escribiendo. Años que solo escribía por desconexión, hasta que llego a ser una forma de expresarme, y sobre todo dando lugar al que ahora es mi pasión, incluso por encima de la lectura.

El año pasado, por mayo, una chispa de imaginación broto en mi cabeza de la nada, un personaje femenino que poco a poco iba cogiendo forma, y que cada vez me pedía más a gritos que le dedicara un libro a ella. Así, empecé a escribir la historia de Arianna, de la nada, de un día que la musa de mi cabeza estaba amigable y quiso darme una historia que me dio la vida.

Pensaba que sería como todas las demás historias, que a las pocas páginas me cansaría de ella, pero no fue así. Cada vez más personajes iban llegando a mi mente, hilándose con la trama de una manera que parecía que ellos mismos me estaban susurrando al oído lo que tenía que ir escribiendo.

En unos dos meses cree una historia de la nada, con casi cuatrocientas páginas, más de ochenta capítulos que me sabían a poco. Necesitaba escribir más, y por ello, Nada que perderse convirtió en una bilogía que a día de hoy aun sigo escribiendo. Y hoy os quiero dar a conocer.

Si todo va bien, subiré un capítulo cada viernes. Espero no arrepentirme de la decisión de enseñaros una parte de mí que siento que es mi mayor tesoro. Ojalá os enamoréis de la personalidad de Arianna, que le deis una oportunidad a Aidan, que os riáis con Ian y que suspiréis con las frases de Nathan. Una historia de amor, de amistad, de dolor, pero sobre todo una historia que os dejara con ganas de más con la última hoja.

Aquí abajo os dejo la sinopsis, y en unos minutos os subiré el primer capítulo ❤

IMG_20180420_121752.png

Arianna, una chica simple, con una vida simple.

Aidan, un chico de éxito, con una vida de éxito.

Arianna, selectiva, descarada, ingeniosa y extremadamente borde.

Aidan, diplomático, engreído, narcisista y horrorosamente orgulloso.

¿Qué pasará cuando sus caminos se crucen?

Arianna no tenía ni idea de en qué mundo se iba a meter después de conocer a Aidan.

Aidan no tenía ni idea de que su mundo iba a cambiar después de conocer a Arianna.

Adéntrate en el mundo de Arianna y Aidan, total, no tienes nada que perder… ¿o sí?


Creo que no hace falta decirlo, pero cualquier intento de plagio será denunciado, ya que la obra esta registrada en el registro de propiedad intelectual. 


Capítulo 1

El comienzo 

Me miro al espejo y lo veo todo muy negro. No me gusta mi cara hoy, no me gusta mi pelo, no me gusta nada. ¿Por qué he tenido que levantarme así de horrorosa justo hoy? Me desespero y me lanzo a la cama. Hoy puede ser uno de los días más importantes de mi vida y a mi cara no se le ocurre otra cosa que hacer que salirle dos granos y unas ojeras de aquí a China.

Cojo mi móvil y miro el reloj. Las ocho y diecisiete de la mañana. Me entran ganas de llorar. Aún tengo dos horas y cuarenta y tres minutos para conseguir que mi cara y mi pelo no parezcan salidos del mismísimo infierno. ¡Ah! Y para saber qué ponerme. Demasiadas cosas para tan poco tiempo. Me estoy poniendo muy nerviosa y eso solo ayuda a bloquearme y quedarme quieta como una pánfila.

Me levanto de la cama a duras penas y me encierro en el baño. Lo primero es ducharse. Me quito el pijama, lo meto en la lavadora y compruebo que el agua no esté ni demasiado fría ni demasiado caliente. Mi cuerpo se relaja automáticamente cuando siento el agua caer por mi cabeza. Hoy va a salir bien, hoy va a ser tu día, y vas a conseguir por fin lo que tanto has estado buscando estos meses.

Salgo de la ducha y me resbalo, menos mal que consigo agarrarme al lavabo y me estabilizo. Muy común en mi eso de ser un pato. Nací con dos pies izquierdos, ya lo admito. La estabilidad nunca ha sido lo mío, y conociéndome nunca lo va a ser. Me enrollo el cuerpo con una toalla y vuelvo a mi habitación. Me vuelvo a mirar al espejo y me sigo viendo con la peor cara que podía tener para un día como hoy.

Vuelvo a coger el móvil, las ocho y cuarenta y cinco minutos de la mañana. Es muy pronto y lo más probable es que me mate cuando escuche mi llamada. Pero es urgente, seguro que me lo perdona. Cuando vea mi cara reconocerá que era un caso de extrema urgencia.

— ¿Quién es a estas horas, por dios?

— ¡Soy Arianna! Te necesito.

— Son menos de las nueve de la mañana, ¿no puedes esperar un poco? A que mis                   neuronas se conecten por lo menos.

— Es muy urgente, me he levantado con la peor de mis caras y del pelo ya ni te cuento.           Sabes lo importante que es este día para mí, tengo que estar espléndida.

— Vale, quedamos en treinta minutos.

— Paso por tu casa. ¡Eres el mejor!

Ian. Es el mejor amigo del mundo. Somos inseparables desde que teníamos doce años. El instituto nos juntó en nuestros peores momentos y desde entonces somos uno. Incluso estudiar carreras diferentes no ha sido un inconveniente para nuestra amistad. Nos hemos mantenido unidos siempre, y lo estaremos siempre. No sé qué haría sin alguien como él a mi lado. Y sé que me ayudará a verme estupenda hoy, a pesar de haberle despertado de su profundo sueño.

Me pongo unos vaqueros azul oscuro, y una camiseta de manga corta blanca. Estamos en mayo pero ya hace un calor digno de verano. Cojo una coleta y me apresuro a recogerme el pelo en una cola de caballo. Salgo de la habitación, no sin antes coger mis gafas de sol. Me las pongo y salgo de casa. Mi madre ya ha debido irse al bar. Luego la llamaré para contarle cómo ha ido, aunque conociéndola seguro que acaba llamándome ella antes.

Son las nueve, hasta y cuarto Ian no aparecerá por su portal. Como vivimos a escasos cinco minutos el uno del otro, decido ir a tomarme un desayuno rápido en la panadería que tengo enfrente de mi casa. Entro y no hay prácticamente nadie, es muy pronto todavía. Sonrío a la señora que me atiende, nos conocemos desde que yo tengo uso de razón y ya soy una clienta habitual de su panadería.

— Un vaso de leche y un croissant, por favor.

— Claro, cariño.

La señora se aparta de mi lado y empieza a prepararme lo que le he pedido. En menos de dos minutos ya lo tengo todo sobre la barra. Me siento en los taburetes que hay, y parto un trozo del croissant.

— ¿Cómo empieza el día, Arianna?

— Fatal, hoy tengo una entrevista muy importante y fíjate que cara llevo. Casi que de             los nervios que tengo no he pegado ojo en toda la noche, y normal que me hayan               salido estas ojeras.

— Estás preciosa, como siempre. Te ves mal porque estas así de nerviosa.

— Tú me lo dices porque me tienes cariño, estoy espantosa.

— No digas tonterías o te echo inmediatamente de aquí.

Sonrío. Esa mujer es como una segunda madre para mí. Cuando tenía cinco años y volvía del colegio siempre corría a su panadería a comprarme un bollo de crema y ella siempre me lo regalaba con una sonrisa. Creo que me tiene como una hija para ella, una hija que nunca ha tenido al estar rodeada de tanto hombre en casa.

— Me voy ya que llegaré tarde. ¿Cuánto es?

— Una sonrisa durante todo el día. Te va a salir bien, cariño. Confía en ti.

— Eres la mejor, Bella.

— Ya me contarás cómo te ha ido cuando vuelvas.

Le doy un beso en la mejilla y me voy de la panadería. Es justo la hora que había quedado con Ian. Lo veo aparecer en su portal a la hora acordada. Menudo es, siempre tan extremadamente puntilloso con su puntualidad. Ni un minuto más, ni un minuto menos.

— Tampoco estás tan mal.

— Eso es por qué no me he quitado las gafas. Voy a dejar que conserves tu retina.

— Eres tonta. Vamos a arreglar esa cara tan fea que tienes.

— Eso era lo que yo quería oír.

Es el mejor y lo repetiré las veces que haga falta. Siempre será mi amor platónico. Como el que le tienes a un famoso que ves en la televisión o en alguna película, pues igual. Lástima que sea homosexual. Nos hemos dicho miles de veces que si a él le gustarán las mujeres ya estaríamos juntos desde hace mucho. Pero como no es el caso, tengo que conformarme con que mi mejor amigo esté tremendamente bueno y sea tremendamente gay.

Si le ves y hablas con él no dirías nunca lo que esconde detrás de esos ojos azul oscuro que posee. No se le nota nada que le van los chicos. Es tan masculino que asusta. Está tan musculado que parece el típico matón que le dices hola y ya te está pegando dos guantazos. Pero no, Ian es un cielo. Es el mejor chico que he conocido nunca, aunque tampoco es decir que haya conocido nunca muchos.

— Ya estamos aquí. ¿Preparada para salir de aquí como una auténtica modelo?

Entramos en la peluquería de la hermana de Ian. Con ella también me llevo bien, tiene un carácter muy parecido al de su hermano y es encantadora. Siempre que necesito un cambio de imagen vengo aquí, es genial con las tijeras y con todo lo relacionado a lo que imagen personal se refiere.

— Nora, tenemos un caso extremo para ti.

— Arianna nunca será un caso extremo, hay de mucho peores.

Nora se viene con nosotros enseguida, hay cuatro señoras esperando a que le hagan la permanente, que es a lo que siempre van, pero yo nunca tengo que esperar. Soy clienta VIP siempre. La hermana de Ian manda a otra trabajadora a que atienda a las señoras y ella se centra solamente en mí.

— Dime, ¿Qué necesitas hoy?

— Tengo una entrevista, necesito que me dejes completamente formal.

— Eso está tirado. ¿Tengo total libertad?

— Desde luego.

Las dos sonreímos y me dejo en sus manos. Me quita la cola de caballo y empieza a peinarme el pelo. Algo que me gusta de mí es el color de mi pelo, ni castaño ni moreno, es algo entre medio. Cuando me da el sol directo suele ser más claro que de costumbre, tengo un pelo que cambia de color a su antojo. Luego cuando veo lo poco domable que es ya empiezo a odiarlo. Nora pasa la plancha por mi pelo rebelde, y en menos de cinco minutos ya tengo un pelo totalmente liso y ya parezco otra. Pero no se queda ahí, coge unas horquillas y empieza a trenzarme un poco de pelo. Agarro una revista que tengo delante y me dejo hacer. En veinte minutos, Nora me dice que me mire al espejo, y me encuentro cara a cara con una chica totalmente diferente a mí. Llevo el pelo recogido en dos trenzas de raíz que quedan espectaculares. Sonrío y le doy mil gracias a Nora por haber conseguido un pelo tan acorde con la situación.

—  ¿A qué hora tienes la entrevista?

— A las once.

— Aún tenemos tiempo entonces.

No sé qué más quiere hacerme. Nora se va y aparece con un kit completo de maquillaje. Como odio maquillarme, yo soy de anti ojeras, un poco de máscara de pestañas y adiós muy buenas. Pero Nora no se va a quedar simplemente con eso, me va a hacer un cambio completo.

— ¿De qué color vas a ir vestida?

— Ese es otro de los problemas, no sé qué ponerme.

— Tranquila, Ian seguro que te ayuda con eso.

— Esa era mi idea.

Los siguientes quince minutos permanecemos calladas mientras ella me pone mil capas de base, anti ojeras, polvos y todas las demás cosas que se utilizan para que parezcas totalmente otra persona. Cuando me deja mirarme en el espejo no puedo creer lo que veo. Parecía que iba a estar pintada cual señorita de compañía pero ni mucho menos. Los granos han desaparecido debajo de un maquillaje sutil pero elegante. Me encanta.

Nora se vuelve a ir, cuando vuelve trae con ella un pintauñas de un color claro pero muy bonito. Se ha tomado muy en serio lo de dejarme completamente formal.

— No hacía falta que te tomaras tantas molestias, con haberme adecentado un poco               hubiera valido.

— Por ti lo que sea, sabes que eres como una hermana.

Ian que había desaparecido misteriosamente hace media hora, aparece en la entrada con una revista de las suyas de moda. No cambiará nunca.

— Toma, cariño, he traído esto para ti.

Me tiende un vaso con granizado de limón. Como sabe que me gusta. Le doy un beso en la mejilla y se sienta en el sofá que hay en una esquina. Lo observo desde mi sillón mientras Nora me pinta las uñas.

— ¿No me dices nada?

— Estás gloriosamente atractiva. Si no fuera porque me van los tíos, no salías de casa             en toda la mañana.

— Mira que eres basto. Con un estás guapa me valía.

— Estás preciosa.

Nora y yo sonreímos. Termina de pintarme las uñas de las manos y de los pies. Me levanto del sillón y me miro otra vez en el espejo. Parezco una creída pero en serio, nunca me había visto tan guapa como ahora.

—  ¿Cuánto te debo?

— Una cena para los tres cuando tengas ese trabajo tan merecido.

— Gracias, Nora— le doy un abrazo y un beso en la mejilla. Ian y yo nos despedimos de         todos y nos vamos hacía mi casa para ver que consigo ponerme para que esté acorde         con lo bien peinada y maquillada que voy.

Son las diez y media, me he entretenido demasiado en la peluquería y solo tengo media hora para elegir que ponerme, vestirme e irme volando a la empresa. No sé yo si lo conseguiré. Llegamos a mi casa y corremos hacía el armario, es un caos. Soy una chica simple, con ropa simple, no ropa formal.

— Esto va a ser más complicado de lo que me esperaba

—  Ian, por favor, un diseñador de moda tiene que encontrar algo aquí.

— Tienes un armario espantoso, si te dan ese trabajo no puedes ir en vaqueros.

— Si me dan ese trabajo, te juro que nos vamos de compras y coges todo lo que quieras         para mí.

— Me encanta el plan.

Ian revuelve todo mi armario y da con la prenda que él cree apropiada. Una falda de tubo que precisamente me regalo él y una camisa blanca muy sencilla, pero elegante, que me regalo mi madre. Como no, nada de lo que ha elegido es de mi agrado. Yo hubiera ido tan a gusto con unos vaqueros y una blusa.

— Ponte esto, vas a estar espectacular.

Rebusca también en mi zapatero y da con unos tacones que me he puesto en contadas ocasiones. Por lo menos son cómodos  y con un tacón soportable y no de aguja. Busca también un collar y unos pendientes y los lanza a la cama. Por último coge un bolsito de fiesta donde aún gracias me cabe el móvil.

— Voy a por el coche mientras tú te vistes porque sino no llegas a tiempo.

Sin tiempo a responderle desaparece. Cojo todas las cosas que ha elegido y me las voy poniendo. Cuando termino de arreglarme, me vuelvo a mirar en el espejo de mi habitación. Parezco una chica madura, voy extremadamente elegante, y no sé por qué pero también me veo realmente sexi. La falda de tubo se pega a la perfección sobre mis curvas. Y la camisa tiene el escote perfecto para insinuar sin enseñar nada. Sonrío y me digo a mi misma que todo va a salir bien.

Cojo las llaves de casa, el móvil y la cartera e intento meterlo todo en el bolso sin mucho éxito. Opto por coger solo lo imprescindible de la cartera y lo otro dejarlo en casa. Lo meto todo en el bolsito y lo cierro. Cojo el ascensor y no tengo que esperar ni medio minuto para encontrarme a Ian en su coche. Voy hacia él y me siento en el lado del copiloto.

—  Impresionante. No puedo decir otra cosa.

— ¿A qué parezco otra?

— Creo que es la primera vez que me arrepiento de mi condición sexual, de verdad.

— Que halago— los dos sonreímos.

— Toma, le he cogido esto a Nora. Esta tarde vamos a ir de compras sí o sí, necesitas               una americana.

— Hace calor para llevar esto.

— Te hará parecer más elegante, y no se distraerán tanto con ese escote.


Capítulo 2

Auténticamente yo

A las once en punto estoy entrando por la puerta de aquel imponente edificio. Estaba claro que iba a llegar a punto y hora si el que conducía era Ian. La recepción tiene el tamaño de mi casa entera, un montón de sillones blancos y mesas con revistas amueblan la zona. Dos enormes ascensores esperan al final de la sala, y las escaleras le hacen compañía a los lados. Una recepcionista está tecleando algo en su ordenador, me acerco a ella y cuando me ve muestra una sonrisa fingida.

— Buenos días, bienvenida a Grant. ¿En qué puedo ayudarla?

— Tengo una entrevista de trabajo y no sé a qué piso tengo que ir.

— Tercera planta a la derecha, verá un cartel que pone recursos humanos. Suerte en la         entrevista— vuelve a sonreír, ahora parece más sincera que antes.

Me dirijo a los ascensores y aprieto el botón. Enseguida un inmenso ascensor abre sus puertas y entro. Toco el botón número tres y vuelo hacia las alturas. Cuando se para, respiro hondo un par de veces y me encamino hacia la derecha. Nada más girar me encuentro con el cartel que me había indicado la secretaria de la entrada. Me encuentro con una sala no muy grande, y con otra secretaria detrás de un mostrador. En los sillones hay dos chicas más, que tal y como están vestidas también vendrán a hacer la entrevista.

— Hola, soy Arianna Guillot. Vengo a hacer la entrevista.

— Sí, enseguida la señora Besson te atiende. Espera ahí junto las otras chicas.

— Muchas gracias.

Me siento en un sillón que está libre. Las dos chicas me miran de malas formas. Sí que empiezo con buen pie. Una es rubia teñida, unas cejas de dos palmos color negras. Va excesivamente maquillada, vestida un poco como yo pero con un corte de falda demasiado corto, y un escote que se deja entrever lo que no debería verse. Se habrá llevado un buen despago al ver que la que le va a entrevistar es una chica, y no un chico. La otra chica es más recatada, se le ve nerviosa, no para de mover el pie todo el rato y eso hace que me ponga nerviosa yo también.

Una señora sale y llama a la rubia de bote. Al parecer se llama María, muy bíblico para tratarse de alguien así. La rubia sonríe de manera exagerada y la señora pasa de ella. Se gira y se mete otra vez en el despacho. Enseguida siento afinidad con la señora Besson. Como intuyo que aún me queda un rato aquí sentada cojo el móvil. Abro el WhatsApp y me encuentro con cuatro mensajes.

Mamá: Lo vas a hacer genial, cariño. Lo siento por no haber podido estar ahí. Cuando vengas al restaurante te espera una gran comida para celebrarlo. Te quiero y confía en ti, vales oro.

Ian: No te deseo suerte porque no la necesitas, sé de lo que eres capaz y lo vas a conseguir. Llámame nada más salgas, estaré esperándote en algún bar de por aquí. Sé que te había dicho que me iba a casa pero no podía, ¡tengo que ser el primero en enterarme!

Nora: Mi hermano me ha pasado una foto tuya de extranjis. Estás fabulosa, ten por seguro que ese trabajo va a ser para ti. Y si no lo ves claro, insinúate un poco al que te haga la entrevista jajajaja. Es broma, no lo necesitas, te lo darán nada más verte.

Nathan: ¡Hermanita! Muchísima suerte en la entrevista. No sabes lo que me fastidia no estar contigo ahora mismo, pero estoy seguro de que lo vas a conseguir. Sé tú misma y tienes el trabajo asegurado. Llámame cuando puedas, tengo una buena noticia.

Respondo a todos dándoles las gracias y diciéndoles que nada más salga les cuento. Mientras contesto a los mensajes la rubia oxigenada ya ha salido, y ha entrado la que estaba nerviosa. Como estaba distraída no me he enterado ni de su nombre, pero tampoco es que me importe.

Guardo el móvil en el maldito bolso enano. Veo que en una esquina hay un dispensador de agua. Me vendrá bien un poco para aclararme la garganta. Me levanto, cojo un vaso y me sirvo. El agua fresca inunda mi boca y me reconforta.

  — Arianna Guillot, pase, por favor.

Me giro hacia la voz y veo a la señora en la puerta con cara de pocos amigos. Debe estar cansada de hacer tantas entrevistas. Y yo soy la última lo que significa que ya estará bastante harta de escuchar a pobres desempleados como nosotros suplicar el trabajo. Me dirijo hacia la puerta con el vaso de agua aun en la mano. No veo que hay un pequeño escalón a la entrada del despacho, y yo y mi estabilidad nula de normal, y aún más nula con tacones nos caemos al suelo. Esparzo toda el agua por el despacho y me quiero morir.

— Lo siento mucho, de verdad. No había visto el escalón.

  — No se preocupe, lo limpiarán luego.

Me levanto con toda la dignidad posible y roja como un tomate. Veo como la señora muestra una pequeña sonrisa, no es tan arpía como parecía. Me acerco a la mesa con todo el cuidado que puedo para no volverme a caer. Arrastro la silla y me siento. Un silencio incomodo invade el despacho mientras ella busca algún expediente mío.

  — Veo que ha terminado sus estudios hace poco.

  — Sí, en julio del año pasado.

  — Entonces no creo que tenga experiencia en este sector.

— No, la única experiencia que tengo son los tres meses de prácticas que estuve en otra        empresa.

— ¿En qué empresa estuviste?

— En Maior.

— ¿Y fue una buena experiencia?

— Podría haber sido mejor.

— ¿Por qué?

Pienso detenidamente la pregunta. No sé porque estoy contestando con tanta sinceridad. Igual es una prueba para ver cómo hablo de la empresa donde trabajo, pero igual también le gusta que no hable bien de empresas ajenas a la suya.

— Pensaba que iba a estar más en mi oficio. Y lo único que hicieron fue hacerme                     clasificar papeles, llevar cafés y sonreírle a todo aquel que pasaba— la media arpía           sonríe otra vez.

— Entonces aún tiene menos experiencia de lo que me pensaba.

— La experiencia no lo es todo.

Y en ese mismo momento supe que tendría que haberme puesto un puntito en la boca. Maldita sinceridad la tuya, Arianna. La arpía me mira tal y como me habían mirado las otras dos chicas fuera.

— ¿Y usted que piensa que lo es todo?

— Creo que hay mucha gente que tiene experiencia pero no buenas ideas. En este oficio         más valen buenas ideas que experiencia.

— Si no has desarrollado ninguna idea en la realidad, difícil vas a saber si tienes                     buenas ideas.

— En la carrera me decían que tenía una mente ingeniosa.

— Muy bien. Me queda muy claro tu punto de vista.

Adiós al trabajo de mis sueños. En ese mismo momento sabía que no me lo iban a dar. ¿Por qué no te has callado? ¿Por qué? Me entran ganas de llorar.

— ¿Por qué debería contratarte a ti y no a las chicas que acaban de salir?

— ¿Y por qué deberías contratar a algunas de ellas y no a mí?

Madre mía, Arianna. Cállate la boca. Sé simpática por una vez en tu vida. La arpía me mira directamente a los ojos, yo no le aparto la mirada aunque ganas no me faltan.

— Ingeniosa no sé si serás, pero bocazas eres para rato.

— En realidad ha sido una respuesta ingeniosa. Seguro que no se la esperaba.

— La verdad es que no.

Puestos a haberla cagado ya, la cago bien. El trabajo ya no va a ser mío así que ya puedo ser totalmente yo sin ningún filtro. La arpía apunta algo en las hojas que tienen mi nombre pero no llego a leerlo. Cierra el expediente y me vuelve a mirar.

— Ya hemos acabado. Estudiaremos todos los expedientes y si usted es la correcta le               llamaremos esta misma tarde.

— Muchas gracias.

— Tenga cuidado al salir, alguien ha tirado un vaso de agua al entrar.

En ese mismo momento me hubiera girado y le hubiera dicho cuatro frescas. Pero cuando quiero sé comportarme, le sonrío amablemente y salgo con la cabeza bien alta de aquel despacho, al que sé que nunca más volveré.


Capítulo 3

Tranquilidad antes de la tempestad

Salgo del edificio con unas ganas de llorar tremendas. Así soy yo, tanto te digo cuatro bordarías que me pongo a llorar como una niña pequeña. Necesitaba tanto ese trabajo. ¿Por qué me dicen que sea natural? Si soy natural es normal que no me den el puesto. Respiro hondo y busco a Ian. Supuestamente está en algún bar de por aquí cerca y conociéndolo sé bien donde estará.

Quiero quitarme los tacones y lanzarlos muy lejos, me duelen los pies, y solo quiero irme a mi cama y enterrarme bajo las sábanas. Llego al bar donde creo que está mi mejor amigo y me lo encuentro ligando con el chico de la barra. Estaba claro que iba a estar aquí. Entro y me siento cabizbaja en la mesa. Primero no me presta atención, está demasiado distraído con el camarero, pero cuando se gira un momento ve que estoy sentada en una mesa y corre hacia mí.

— No hace falta que me digas nada. ¿Qué ha pasado?

— Pregunta mejor que no ha pasado.

— ¿Qué has hecho?

— Caerme y ser una maldita antipática.

— Profundiza más esas respuestas.

— Mi patosidad y yo nos hemos caído con un vaso de agua. Pum. Al suelo del despacho.

— Siempre tienes que liarla, no sé cómo te lo montas.

— Eso ha sido lo de menos, le he pegado dos contestaciones de las mías…

— Te hemos dicho que fueras natural, pero no tanto…

— He perdido el trabajo de mis sueños.

Me doy en la frente contra la mesa y hago pucheros. Debo aprender a controlar mi carácter, pero lo digo en serio, las palabras salen de mi boca antes de pensarlas. No tengo filtro, es un problema que he tenido desde siempre y por algo tengo tan pocos amigos.

— Cariño, ya encontraremos otra entrevista— me acaricia la mano para que me relaje.

— ¿Siempre vas a acosar al camarero?

— Tengo casi seguro que es gay.

— Solo es simpático contigo.

— Tú no has escuchado nuestras conversaciones.

— Menos mal.

Cojo mi móvil y veo dos llamadas perdidas de mi madre. Estaba claro que no se iba a aguantar. Miro la hora y veo que son las doce y media. Iré a mi casa a vestirme de persona normal y luego a comer en el bar con mi madre. Súper planazo. Hoy que iba a ser el mejor día de mi vida se ha convertido en una auténtica mierda.

— ¿Te vienes a comer conmigo?

— ¿En el bar?

— Por supuesto, comida gratis.

— Me parece bien.

— ¿No trabajas hoy?

— Cariño, los lunes no trabajo, te lo he dicho mil veces.

— Lo siento, no sé dónde tengo la cabeza.

— Te la has dejado en ese edificio de mierda. Voy a por el coche, espérame en la puerta, que está un poco lejos y con esos tacones no me aguantas de pie.

Sin poder decir ni mu, como siempre, se despide del camarero pasando de mi cara completamente. Porque le quiero con locura sino le hubiera mandado a freír espárragos hace tiempo.

— Perdona, tu amigo se ha ido sin pagar.

El camarero con el que estaba ligando Ian se me acerca. No sé dónde le ve que es gay pero bueno, si él lo dice por algo será. Tal como me dice que no ha pagado me entran ganas de matarlo. Tendrá cara el chaval.

— Oh, lo siento. ¿Cuánto es?

— Tres con cincuenta.

Abro mi maldito bolso enano que voy a tirar a la basura tal como llegue a mi casa. Menos mal que había cogido un billete de cinco, no tenía pensado tener que pagar nada, pero con Ian todo son imprevistos.

— ¿Me podrías dar un ticket? Se lo voy a colgar en la frente a mi amigo.

El camarero sonríe y se apresura a cobrarme y a darme el ticket. Es un chico muy simpático, parece un poco joven, seguro que tiene un par de años menos que nosotros. Aunque tengamos solo veintidós años, que parece aquí que somos dos momias.

— Aquí tienes el ticket.

Se lo cojo y observo que pone un nombre y un número de teléfono. Le miro y le sonrío, él se pone rojo automáticamente.

— Me daba vergüenza dárselo directamente a él. Si crees que tengo posibilidades dáselo, no tengo muy claro que sea gay.

— Tranquilo, yo sé lo doy.

— Muchas gracias.

En ese momento un claxon suena, miro hacia fuera y esta Ian saludándome desde dentro del coche. Me despido de Eric, que es como se llama el camarero y corro lo más deprisa que puedo con los malditos tacones.

— ¿Sabes que te voy a matar?

— ¿Por qué?

— No has pagado lo que te has tomado.

— ¡Ostras! Ni acordarme.

— Te pago el almuerzo, te invito a comer… ¡Qué bien te cuido!

— Así es normal que te quiera tanto— me da un beso en la mejilla, pero enseguida vuelve la mirada hacia la carretera.

— Pues me vas a amar mucho más de lo que ya lo haces.

— ¿Por qué?

— Toma, el número de teléfono de tu amor platónico.

— ¿Qué? ¿Se lo has pedido? Serás descarada…

— Yo no he hecho nada. Me lo ha dado él.

— Encima lo consigues tú…yo lo quería para mí.

— Eres bobo. Me ha dado el número para que te lo dé a ti, que le daba vergüenza.

— Ves como tengo un radar exquisito.

— Punto para ti.

Nos callamos y observamos el tráfico. Ya son la una del mediodía. Llegamos en poco rato a mi casa, aparcamos el coche justo enfrente de mi casa y subimos. Ian directamente va a cogerse una cerveza de la nevera, y yo lanzo los tacones sin ningún miramiento. Empiezo a desnudarme y a quitarme las trencitas. Mi mejor amigo se tumba en mi cama y observa como me paseo en ropa interior por la habitación en busca de ropa normal que ponerme.

— Vamos a ir igual de compras.

— Era si me daban el trabajo.

— Da igual, necesitas renovar ese armario. Es horroroso.

El móvil de Ian suena. Me pega un susto tremendo porque yo estaba muy concentrada en mi ropa. Aunque para él sea una mierda yo le tengo aprecio a mis prendas. Le observo por el rabillo del ojo y veo que está sonriendo ante el mensaje que le acaba de llegar. Ojalá encuentre un chico que le quiera, se lo merece tanto, y nunca ha tenido esa suerte. Bueno más bien nadie ha tenido la suerte de conseguirle. La palabra compromiso a él le da alergia.

— Esta noche he quedado con Eric.

— ¿Ya le has mandado un mensaje? Estás un poco desesperado, eh.

— Es que hace mucho que…

— No me interesa.

Me pongo unos vaqueros y una camiseta de tirantes. Me calzo unas deportivas y me peino un poco el pelo. Ya vuelvo a ser totalmente yo, la Arianna simple que todos conocen. Cojo todas mis cosas y las meto en mi mochila que va conmigo a todas partes. Ahí sí que caben cosas y no en ese bolso de mierda.

— ¿Vamos?

— Por supuesto, siempre es buena hora para comer.

— ¿Comida?

— Ahora sí, está noche ya veremos.

— Eres un cerdo.

—Tú has preguntado.


Capítulo 4

La llamada

Caminamos un poco para despejarnos. A las dos menos cuarto cruzamos la puerta del restaurante de mi madre. Hay bastante gente, se nota que es la hora de la comida y se suele llenar un poco más que a otras horas. Saludo a la única camarera que tiene y busco a mi madre que está haciendo la comida dentro. Le doy un beso en la mejilla y ella me sonríe afectuosamente.

— ¿Cómo ha ido?

— He hecho de las mías.

— No pasa nada, mi vida, otra vez será.

— Necesitábamos ese trabajo, mamá.

— Lo sé, cariño. Pero estaremos bien.

Le doy otro abrazo a mi madre y le ayudo con algunas comandas que le han pedido. Tenemos un negocio familiar, un restaurante que abrió mi padre un día que se aburría. Nunca lo había pensado, un día vino y dijo he comprado el restaurante de la esquina. Y mi madre, mi hermano y yo, nos reímos ante tal broma. Pero resulto no ser una broma. El restaurante fue viento en popa, mi padre era el jefe, mi madre la cocinera, mi hermano y yo trabajábamos de vez en cuando allí para ganarnos la paga, y tenían como unos cinco camareros.

Hasta hace unos seis meses, todo cambio para nosotros. A mi padre le dio un infarto fulminante, no conseguimos ni que llegara al hospital. Y desde ese momento, todo había ido muy mal. El restaurante pasó de ser una gran fuente de ingresos, a una gran fuente de pérdidas. No queríamos venderlo porque era el único recuerdo que nos quedaba de mi padre. Todos los ahorros que habíamos conseguido, ya nos lo habíamos gastado en las deudas de estos meses. Ya no sabíamos que hacer para remontar el negocio.

A todas las deudas del restaurante, se tiene que añadir también, los gastos propios de una casa, y también la universidad de mi hermano. ¡Ah! Y su piso compartido porque el señor no podía estudiar aquí como hice yo. No, él se tuvo que ir a una de las mejores universidades de criminología. Vale que empezó hace tres años la carrera, todo nos iba genial y no teníamos problemas en pagarle la carrera y todos sus gastos. Ahora que solo le quedaban un par de meses para terminar no iba a cambiar de universidad. Mi madre y yo habíamos hecho muchos sacrificios para poder llevar adelante todo, pero siempre íbamos con la lengua fuera. Y por todo esto, decidimos que tenía que buscarme un trabajo urgentemente.

Después de estar un rato con mi madre en la cocina, salgo en busca de Ian que está hablando con la camarera. Este chico no calla ni debajo del agua. Busco una mesa vacía y empiezo a arreglarla para que podamos comer. Ian se me acerca con dos Coca colas en la mano. Está como en su casa, va por el restaurante a su antojo. Las pone en la mesa y se sienta.

— No me gusta esa camarera.

— Pues estabas hablando muy bien con ella.

— Para comprobar que no tiene ni medio cerebro. ¿Cómo contratáis a gente así?

— Lo que nos podemos permitir, Ian. Trabaja bien.

— Por lo menos algo sabe hacer porque una conversación inteligente, como que no.

— Que borde eres.

— Habló.

Se levanta de la silla y los dos nos vamos a la cocina. Cogemos un paquete de macarrones y una olla y nos ponemos a hacerlos. No quiero darle más trabajo a mi madre del que ya tiene. La pobre se deja la piel para que podamos vivir bien mi hermano y yo.

— ¿Comes con nosotros?

— Esperaré a que se vacíe esto un poco. No creo que tarde mucho.

— Vale, mamá.

En treinta minutos tenemos nuestra comida lista y nos vamos con los platos a la mesa que hemos preparado. Ya son las tres de la tarde y dentro de poco el restaurante se irá vaciando. Hay menos gente que cuando entramos. Ian y yo nos entretenemos mirando las noticias mientras comemos. No tenemos mucho que decirnos después de haber pasado toda la mañana juntos. Se levanta a por dos yogures y me tiende el de fresa. Le sonrío en muestra de agradecimiento. Nos los comemos callados.

A las tres y media el bar se ha vaciado si no fuera por dos mesas que aún están pidiendo el postre. Mi madre sale con su plato de comida y se sienta junto a nosotros.

— Deberíamos contratar a alguien más. No puedes estar tú aquí todo el día, mamá.

— No nos lo podemos permitir. Aún gracias que tenemos hasta después de comer a Emma.

— Cuando todo vaya bien no estaré todo el día aquí, ni tu tampoco tendrás que estar por las tardes.

— Sabes que no me importa estar aquí por las tardes. No tengo nada que hacer.

Mi madre se limita a sonreírme. Mi madre haría cualquier cosa por sus hijos aunque sea deslomarse todo el día detrás de unos fogones.

— ¿Has hablado con Nathan?

— No, se me ha olvidado. Voy a llamarle.

Cojo el móvil y marco el número de mi hermano. Tras cuatro bips la voz dulce de mi hermano se escucha por el altavoz.

— ¡Hermanita! ¿Cómo te ha ido? No tengo el carisma que tienes tú.

— ¿Qué has hecho?

— Liarla con la señora que me ha hecho la entrevista.

— Joder…bueno no pasa nada, ya encontrarás otra cosa. ¡Confío en ti!

— Bueno, no quiero hablar de ese tema. ¿Qué noticia tenías que decirme?

— ¿Te acuerdas de Thais?

— Sí.

— He conseguido que acepte salir conmigo.

— ¿En serio?

— ¡Sí! ¿No te alegras?

— Por ti si, si es lo que quieres.

— Ya sé que no te cae muy bien.

— Muy bien, no. La aborrezco como persona.

— Arianna, quiero que seáis amigas.

— Nathan, es una persona repelente. ¿Se puede saber que le has visto?

— Cuando la conozcas en persona estoy seguro de que te caerá bien.

— Lo dudo, pero dejaré una mínima posibilidad de que eso ocurra.

— Sabes que es importante para mí lo que tú pienses.

— Lo sé, pero no te voy a mentir.

— Vale, te tengo que dejar que voy a clase. Ya hablaremos, y no te deprimas por lo del trabajo. Te quiero, a ver si puedo volver a casa pronto para veros.

— Adiós, Nathan. Hablamos.

Cuelgo a mi hermano y me quedo con mal cuerpo. Con Thais…es todo lo opuesto a lo que yo tenía pensado como novia perfecta de mi hermano. Siempre le he intentado juntar con Nora pero el amor nunca había surgido, se llevaban como el perro y el gato. Igual es que eran demasiado iguales, o se tenían ya muy vistos, no lo sé, pero no conseguí nunca ni que se dieran un pico.

— No sé por qué me dice que ser el novio de Thais es una buena noticia.

— Yo también he pensado lo mismo, hija.

— Siempre tendré la esperanza de que sea gay.

— Ian, mi hermano no es gay, tienes que asumirlo cuanto antes.

— ¡Qué pena! Con él sí que asentaría la cabeza.

— Tu amor por mi hermano siempre será platónico, como el nuestro.

Vuelvo a mirar el móvil y me encuentro una llamada pérdida de un número desconocido. Seguro que será alguna compañía de teléfonos haciéndome una oferta. Que pesados son. Estoy muy a gusto con mi compañía y con mi móvil, fin. Debería ser posible bloquear todos esos números para que no molesten más.

— Que pesados son.

— ¿Quiénes?

— Los de las compañías de teléfono, seguro que me han estado llamando mientras estaba hablando con Nathan.

— Déjame llamarles, me encanta marearlos.

Le paso el teléfono a Ian. Llama al número que aparece en la pantalla y me guiña un ojo.

— Hola, buenas tardes. Acaban de llamarme…sí. Enseguida…Toma, Arianna, es de Grant— me tiende el móvil y noto como mi corazón empieza a ir a mil por hora.


Capítulo 5

El encuentro

— ¿Sí?

— Hola, buenas tardes. Soy la secretaria de la señora Besson.

— A la señora Besson le gustaría verla mañana a las ocho de la mañana en su despacho, si usted está disponible.

— Claro…sí…allí estaré.

— Muchas gracias, que tenga un buen día. Hasta mañana.

— Gracias a ti…hasta mañana.

Cuelgo y me quedo mirando la pantalla del móvil. No me lo puedo creer. Estoy en estado de shock. No puede ser que entre todas las candidatas me hayan elegido a mí, si no pude liarla más. Mi madre y mi mejor amigo me miran a la espera de que diga algo. No tengo ni voz para decir nada. Me levanto y cojo una botella de agua, me la bebo toda de un trago y me vuelvo a sentar.

— ¿Piensas decir algo hoy?

— Me lo han dado…me han dado el trabajo…

— ¡Estaba claro!

— ¡Eres la mejor, Arianna!

Mi madre e Ian se abalanzan sobre mí. Me llenan de abrazos y de besos.

— ¿Así que está tarde nos vamos de compras?

— Cumpliré tú sueño de una vez por todas.

— ¡Qué feliz me haces! Pero vayámonos ya, que tengo una cita muy importante y tengo que arreglarme mucho.

— Vale, mi amor.

Ian se levanta y va al baño un momento. Me quedo sola con mi madre, que se va un momento también a coger una cosa dentro de la cocina. Viene donde estoy y me tiende un sobre.

— ¿Qué es esto, mamá?

— He estado ahorrando un poco para este momento, no es mucho. Pero sé que necesitas comprarte ropa adecuada.

— No lo voy a coger. Necesitamos el dinero, no me lo voy a gastar en ropa.

— Cógelo, Arianna. O se lo doy a Ian.

— Mamá, espero que no sea mucho dinero.

Abro el sobre y veo unos cuantos billetes de cien y de cincuenta. A ojo debe haber unos quinientos euros.

— Esto es mucho, no me des tanto.

— Arianna, no me hagas enfadar.

Me guardo el sobre en la mochila, le doy un beso y me levanto cuando veo salir a Ian del cuarto de baño. Se despide él también de mi madre y caminamos hasta el coche.

— ¡Qué contento estoy por ti!— Ian grita como un loco y no para de achucharme.

— Yo aún estoy que no me lo creo.

— Pues créetelo porque mañana vas a empezar el camino para ser una gran redactora.

— Un camino muy largo. Ahora solo seré ayudante.

— Por algo se empieza.

Entramos en el coche y conducimos hasta los grandes almacenes. Odio comprar ropa. Odio comprar en general. Lo veo una gran pérdida de tiempo, pero hoy es un día especial. Y aunque me cueste admitirlo mi armario necesita un cambio radical para llegar a tener una buena presencia diaria. Aparcamos y bajamos del coche, no hay mucha gente. Se nota que no es fin de semana.

— ¿Dónde vamos?

— Yo te llevaría a las buenas marcas pero…sé que no vas a querer.

— A ver…tampoco hay que empezar tan alto. Ropa normalita pero que parezca elegante.

— Vale, pero vamos a mirar por lo menos algo de marca para mañana. Tienes que estar exquisita.

— Me parece bien.

Nos encaminamos hacia una de las tiendas de marca que hay. No sé cómo no hacen a Ian VIP, el dinero que debe tener gastado en esa tienda no es ni medio normal. Me paseo por los pasillos en busca de algo que me llame la atención. Veo un vestido rojo impresionante y muy formal. Me acerco a ver el precio y casi me da algo. Ian al ver mi cara se acerca, y se ríe de mí al intuir porque tengo esa expresión.

— Aquí todo es así de caro, Ari.

— Voy a tener que vender un riñón.

— No seas exagerada. Ese vestido es precioso.

— Ese vestido vale 200 euros. ¿Cómo puede valer eso?

— Así son las buenas marcas, cariño. Cógetelo.

— No sé…

— Va…luego vamos a las tiendas esas cochambrosas que te gustan a ti.

— Me lo voy a probar…

— Como tú veas.

Cojo el vestido rojo como si fuera un bebé. Soy patosa, seguro que me caigo, lo rasgo y me toca pagarlo igual estando roto. Voy con mucho cuidado hacia los probadores. Ian se queda mirando algo de un perchero y yo entro a un probador. Me deshago de la ropa que llevo, desabrocho la cremallera del vestido y me lo pongo. Tal como me miro al espejo veo que ese es el vestido que necesito. Parece que lo han fabricado expresamente para mí, resalta todas mis curvas y me hace una silueta más esbelta. Parezco toda una mujer a pesar de mis veintidós años. Decido enseñarle el vestido a Ian para que me dé el visto bueno.

— ¿Qué tal me queda?— abro la cortina sin pararme a ver quién estaba fuera mirándome dando por sentado que estaría Ian.

— Igual un poco largo— miro a mi nuevo espectador. No le conozco de nada y me pongo a la defensiva.

— ¿Se puede saber quién eres?

— Un chico que está esperando a que termines de mirarte con eso.

— ¿Por qué me dices “con eso” como si me quedara mal?

— Ya te he dicho que te queda largo, eres muy bajita.

— ¿Perdona? ¿Quién diantres eres tú para decirme eso?

— ¿No tienes otra pregunta? Esa ya me la has dicho.

— Eres un antipático.

— No puedo tener belleza y simpatía— el chico me guiña un ojo y se mete en un probador que se acaba de quedar libre.

Me quedo petrificada. ¿Qué acaba de pasar? Esto es surrealista. ¿Dónde está Ian? Es que siempre me la tiene que liar…Cierro la cortina y corro a quitarme ese vestido. Me pongo mi ropa y ya me vuelvo a sentir cómoda. Salgo del probador al mismo tiempo que el chico entrometido de antes.

— ¿Seguro que te puedes permitir pagar eso?

— Eres un entrometido ¿lo sabias?

— No, es algo nuevo— sonríe. Dios que sonrisaArianna céntrate, ese chico es tonto.

— ¿A ti que te importa si lo puedo pagar o no?

— Porque lo que llevas está muy lejos de ser de marca. Probablemente te agaches y lo petes.

— Eres un imbécil.

— Nunca me habían descrito tanto en tan poco tiempo.

— Déjame tranquila.

— Cómpratelo si puedes, te quedaba bastante bien para alguien como tú. Adiós, ricura.

Mi enfado llega al límite y cuando se gira y me da la espalda, le cojo de la muñeca y hago que se vuelva para mirarme.

— ¿Qué quieres decir con “para alguien como tú”?

— ¿Te lo tienen que explicar todo?

— Igual a las demás tías te las ligas siendo un puto arrogante, pero conmigo vas bastante mal.

— Nadie está diciendo que esté ligando contigo.

Me enfurruño, y frunzo el ceño. Este chico es exasperante, pero con un ingenio asombroso para contestarme y dejarme sin palabras.

— Mejor, así no tendré que rechazarte. Aunque seguro que eso no sabes lo que es porque debes conseguirlas a todas. A todas las que no tienen cerebro— el chico se ríe. Que no lo vuelva a hacer más, esa sonrisa es de otro mundo y me pierdo.

— Claro, por eso estoy a años luz de alguien como tú.

— Sí.

Nos miramos a los ojos. Tiene los ojos verde clarito, son una pasada. ¿Todo en ese chico es una pasada o qué? Todo menos el carácter, menuda pieza.

— Me lo paso muy bien hablando contigo pero el deber me llama. Adiós otra vez, ricura.

Ahora no le cojo de la muñeca para que vuelva a mí. Algo se ha removido en mi interior, es la primera vez que veo a un chico de ese calibre. ¿Por qué el mundo le da un físico tan arrollador a alguien que no tiene ni un cuarto de cerebro? Seguro que es un niño de papá, que se pasa la vida rascándose los huevos en su casa mientras le consienten todo lo que quiere y más.

Voy a buscar mi puñetero mejor amigo que siempre me deja tirada. Lo encuentro en la zona de corbatas.

— Me podrías haber avisado. Te quería enseñar el vestido puesto.

— Seguro que te queda genial, Ari. ¿Te lo quedas?

— Sí, aunque me viene un poco largo.

— Eso te lo arreglo yo en un segundo. Vamos a pagarlo.

Vamos a las cajas y me atienden enseguida. Cuando saco los dos cientos euros del sobre de mi madre casi me da un infarto. Meten cuidadosamente mi vestido en una bolsa y me lo dan. Cuando nos giramos para irnos, me encuentro al chico de antes mirando la zona de corbatas donde estaba Ian antes. Tiene en la mano una de color rojo. Como si detectara que le estoy mirando, levanta la vista y me mira. Él me guiña un ojo y yo aparto la cara directamente. Menos mal que no voy a tener que cruzármelo nunca más en la vida.

Después de haber comprado ya mi vestido caro, Ian me deja entrar en las tiendas donde no tienes que vender un riñón para pagar la ropa. Entre los dos encontramos tres faldas de tubo de color rosa palo, azul marino y verde claro. Dos pantalones de arreglar de color negro y blanco. Cuatro camisas de colores claros para combinar con todo lo de antes. También me he comprado dos americanas de color negro. Ya que estábamos me he comprado dos pares de tacones de color rojo y de color blanco. Ian también ha visto necesario que comprara accesorios, así que acabó con cinco pendientes y tres collares nuevos.

Salimos de los grandes almacenes con todas nuestras bolsas y las metemos en el maletero del coche. Cuando nos fijamos en la hora nos damos cuenta de lo tarde que es ya. Ian se vuelve loco porque no tiene mucho rato para arreglarse para su cita con Eric. Acelera saltándose los límites de velocidad y en diez minutos ya estoy en el portal de mi casa con todas mis bolsas fuera y con Ian despidiéndose de mí.


Capítulo 6

Bienvenidos a mi nueva vida

La alarma suena a las siete de la mañana. Maldigo la hora en que me dieron el trabajo. Estiro un brazo para silenciar esa horrible canción y me pongo un cojín en la cabeza. Quiero dormir un poquito más, solo un poco.

La puerta de mi cuarto se abre, y entra mi madre subiéndome todas las persianas. Gruño un poco y me tapo con la sábana para que no me moleste tanto la luz como lo está haciendo.

— Ari, venga, arriba. No pensarás llegar tarde el primer día.

— No estoy acostumbrada a estos madrugones.

— Tienes que arreglarte. Así causaras mejor impresión y a ver si olvidan lo de ayer.

— Si me llamaron a pesar de eso será por algo…

— No te confíes, venga, arriba.

Mi madre me estira la sabana y yo no tengo otro remedio que desperezarme y levantarme. Me quedo mirando fijamente un zapato hasta que mi cerebro envía ondas a mis piernas para que empiecen a moverse. Me meto en el cuarto de baño y directa a la ducha. Después de diez minutos de ducha, me seco el pelo con el secador y me hago una coleta alta que anudo con mi propio pelo. Sonrío ante mi reflejo. Hoy me siento bien conmigo misma, no como ayer. Cojo el maquillaje que también me compré ayer, a petición de Ian, claro está. Nora me pasó unos tutoriales por la noche muy simples. Todos ellos me enseñan a maquillarme para quedar estupenda sin que se note mucho, un maquillaje muy sencillo pero elegante, como el que llevaba ayer.

Termino de maquillarme y de peinarme y me veo guapísima. Va a ser un gran día, lo tengo claro. Son las siete y media. Me encamino a ponerme el vestido rojo que me compré ayer. Mi madre me ayudó a cortarlo y a coserlo para que me quedara a la altura perfecta y no me viniera largo. Me lo abrocho y me miro al espejo, me queda como un guante. Demasiado formal para mí gusto, pero es lo que toca. Cojo los accesorios que dijo mi mejor amigo que me quedarían mejor con ese vestido. Puestos el collar y los pendientes, cojo los tacones y el bolso y me voy a la cocina.

— Estás impresionante.

— ¿Tú crees? ¿No voy demasiado formal?

— Vas perfecta así, no te preocupes por eso.

— Vale, mamá.

Me tomo el vaso de leche y las tostadas que me ha preparado mi madre. Como me cuida, no cambiaría a mi madre por nada. Es la mejor persona que tengo en mi vida. Ella y mi hermano son las piezas fundamentales para mí.

Cuando termino con mi desayuno, le mando un mensaje a Ian. Me prometió que me llevaría a mi primer día de trabajo, además él también tiene que ir a trabajar y le pilla de camino. Me contesta que ya está listo y me espera abajo con el coche, así que me despido de mi madre con un beso en la mejilla, me calzo esos tacones vertiginosos y cojo el ascensor.

Cuando salgo del portal de mi casa está Ian en la puerta esperándome. Abro la puerta del coche y me meto discretamente para que no se me vea todo. Tengo que aprender a comportarme también como una dama en este tipo de cosas. Le doy un beso a Ian y nos encaminamos hacia mi trabajo.

— ¿Nerviosa?

— Un poco sí.

— Lo harás genial, pero esta vez no seas tanto tú misma. Por lo menos finge un poco hasta firmar el contrato.

— Lo intentaré— los dos nos reímos, sabemos que mi carácter es difícil de controlar— ¿Qué tal con Eric?

— Bien.

— ¿Bien y ya está?

— Ya sabes como soy con los chicos, una vez y fuera.

— Eric parece buena gente.

— Sí.

Noto raro a mi amigo. De normal es muy hablador y no tiene pelos en la lengua en decir lo que piensa en cada momento, pero ahora sé que está intentando ocultarme algo. Igual no ha ido tan bien la cena como esperaba. Pienso que es mejor no decirle nada, y que ya me lo cuente cuando él se sienta preparado.

— Se dio cuenta de que le gustaban los chicos por mí.

— ¿Qué?

— Ayer no era la primera vez que nos veíamos, o sea, que quedamos a cenar y eso en plan cita, sí. Pero yo ya lo conocía de antes.

— ¿De qué?

— La semana pasada fui a un bar de ambiente, y allí estaba él. Pero no hablamos casi, unos cinco minutos.

— ¿Por qué me dijiste que estabas casi seguro de que era gay? Si lo viste en un bar de ambiente, estaba claro que era gay.

— Ahí hay de todo, se ha convertido en un lugar muy de moda, y a saber que te puedes encontrar por ahí.

— ¿Y qué problema hay en todo esto?

— Que yo ya estoy demasiado experimentado para andarme con niños.

— ¿En serio? Eric parece una monada de chico, enséñale tú.

— Pero si yo solo quiero follar y adiós. ¿Qué voy a hacer con él?

— Enseñarle a follar bien.

— Como si no tuviera otra cosa que hacer…

— Igual es el amor de tu vida y lo vas a ignorar por no tener experiencia.

— El amor de mi vida es tu hermano.

— Mi hermano tampoco tiene experiencia en esos campos, con él no pasaría nada ¿no? Si se cambia de acera, tú encantado de enseñarle.

— Es que tú hermano…vale la pena.

— Y yo creo que Eric también.

Ian me mira con su cara de: me lo voy a pensar pero no te prometo nada. Llegamos a mi trabajo, le doy un beso a Ian de despedida, me desea suerte en mi primer día y me bajo del coche.

Entro en aquel enorme recibidor y voy directa al ascensor, ya me sé el camino, soy toda una experimentada ya aquí. Cuando llego a la tercera planta, salgo y giro a la derecha. Observo la máquina del agua que hizo que ayer quedara totalmente en ridículo. En realidad es culpa mía, pero yo me siento mucho mejor así.

— Hola, ayer me llamaron para que viniera a ver a la señora Besson. Soy Arianna Guillot.

— Un momento, por favor— la secretaria, que no es la misma que estaba ayer, aprieta una tecla del teléfono y espera a que le conteste alguien— La señorita Guillot ya está aquí….De acuerdo— Cuelga el teléfono y me mira con una sonrisa— La señora Besson la está esperando, puede entrar.

Respiro profundamente antes de tocar la puerta. Cuando una voz me responde que pase me armo de valor, y me concentro para no liarla esta vez. Una y no más, Arianna.

— Buenos días, señora Besson.

— Buenos días, Señorita Guillot. Es un placer volver a verla.

— El placer es mío.

— Siéntese.

— Gracias—digo ocupando la misma butaca que ayer.

— Ayer me pareció una chica fuera de lo normal, y eso me gusta. No quiero gente común en esta empresa.

— Gracias por el halago.

— Por todo ello, no tuve ninguna duda en hacerla llamar para que viniera. La quiero en esta empresa.

— Sería todo un honor.

— No andes con formalidades, Arianna. Me gusta tu carácter, no aparentes ser como las demás. Si te voy a contratar es precisamente porque eres diferente.

— Sinceramente no pensaba que me ibais a llamar.

— Lo sé. Quería sembrar un poco de duda en ti, pero tal como hablaba contigo ayer sabía que eras perfecta para nuestra plantilla.

— Pues lo pasé realmente mal.

— Pero ya estás aquí, Arianna. Pasemos a firmar el contrato, si te parece bien.

— Sí, claro.

— Trabajaras de lunes a viernes, en horario de ocho a dos de la tarde, con un descanso de media hora para almorzar que te lo puedes coger cuando tú quieras.

— Empezaremos con un contrato de prueba de un mes. Si lo superas pasaremos a un contrato temporal de seis meses, y después de esto un contrato fijo.

— Hoy no estás tan ingeniosa como ayer—la señora Besson me sonríe, no es una arpía, creo que conseguiríamos llevarnos bien.

— Es que aún estoy que no me creo nada.

— Léete el contrato, y fírmalo. Así igual ya empiezas a creerte que esto es de verdad.

Cojo los folios que me tiende y empiezo a leer. Lo primero son muchas frases aburridas poniendo los datos de la empresa y los míos, lo que me ha explicado de los horarios, los días laborables y los que no…todo ese rollo. Luego veo el dinero que voy a cobrar y ya directamente cojo el bolígrafo para plasmar ahí mi firma y que nadie me quite el puesto. 1200 euros siendo una ayudante de redacción está bastante bien, no me quiero ni imaginar cuánto cobrará la redactora. Cojo el bolígrafo y firmo. Ya está, estoy contratada. Los nervios se me van inmediatamente. Tiendo las hojas a la señora Besson, firma ella también y me da una copia.

— Bienvenida a la familia— le tiendo la mano pero ella directamente se levanta de la silla y me da un abrazo— No seas tan formal, podemos tutearnos.

— Vale, mejor, esto de los formalismos no se me da bien.

— Ya me he dado cuenta, Arianna— se encamina hacia la puerta y yo la sigo como si fuera su perrito— Voy a enseñarte tú puesto de trabajo y a presentarte a tus compañeros.

Nos despedimos de la secretaria, y nos metemos en el ascensor, aprieta la tecla del número cinco y subimos dos pisos más. Cuando se abren las puertas lo único que veo es un pasillo enorme con muchas puertas.

— Bienvenida a la quinta planta, aquí se lleva todo lo de redacción de la revista…y la publicidad también. A partir de ahora esto será como tú casa.

— Impresionante…

— Aquí están los despachos, tienes el letrero con el nombre y la función de cada uno en la puerta. Aquí está la sala común, para tomar un café, charlar un rato…desconectar un poco del trabajo básicamente— entramos en una sala llena de mesas y de butacas, también hay máquinas de comida, de bebida y de café— Esta es la sala de reuniones, probablemente tú no tengas que ir a muchas siendo la ayudante, pero si Lisa falta tendrás que ir tú en su lugar— la sala está compuesta simplemente por una gran mesa envuelta en sillas, y una televisión gigante al final de la sala— Y ahora la sala más importante para ti— nos detenemos delante de una puerta que pone un letrero, las letras doradas y en cursiva me explican que es el despacho de Lisa Asaz, redactora. Entramos sin llamar, nos encontramos con una habitación con una mesa y un ordenador en el centro, luego otra puerta que parece ser el despacho personal de Lisa. Llamamos a la puerta, y una chica que tendrá unos 26 años nos abre. Es morena como el tizón, lleva el pelo suelto y liso, un maquillaje sencillo como el mío. Unos penetrantes ojos azul cielo me examinan— Hola, Lisa, te presento a tu nueva ayudante.

— Encantada— Lisa me sonríe, y me tiende la mano.

— Os dejo solas, si necesitas algo Arianna, ya sabes dónde encontrarme.

La señora Besson abandona la habitación y nos quedamos solas. Miro a Lisa con una sonrisa que ella no me devuelve. No tengo muy claro que ella y yo nos vayamos a llevar muy bien.

— Soy la redactora Asaz, pero puedes llamarme Lisa perfectamente.

— Encantada, soy Arianna.

— Un placer. ¿Ya te han enseñado esto más o menos?

— Sí, la señora Besson me lo ha explicado todo muy bien.

— Inés es muy buena, aunque primero intimida un poco.

— La verdad es que sí.

— Bueno, ¿te han explicado más o menos como va esto?

— Mi función aquí es básicamente revisar todo lo que se quiera publicar en la revista y seleccionar las mejores noticias. Tú me ayudarás a leer todo lo que me traen y a realizar un pequeño comentario para ver si es merecedor de ser publicado.

— Tu mesa es esa, dispones del ordenador para lo que necesites. Si tienes alguna duda yo estaré ahí dentro.

— Toma, puedes empezar con estos dos artículos. Revisa también si hay fallos en la escritura, si es así, lo puedes reescribir correctamente. Cuando lo tengas listo, me avisas.

Lisa me tiende unas cuantas hojas, y desaparece por la puerta de su despacho privado. Me siento en mi nueva mesa de trabajo y enciendo el ordenador. Me meto en un Word por si necesito corregir algo del artículo. Leo los dos artículos, son interesantes pero me parecen bastante pobres de contenido. No indagan, se quedan en datos superficiales. Empiezo a escribir en el ordenador y buscando información para profundizar en esos temas.

A las once dejo de escribir y de buscar. Me desperezo un poco y decido que es hora de tomarme un café. Levantarme tan temprano me está pasando factura y estoy más cansada de lo habitual. Salgo del despacho y entro en la sala común. Hay dos chicas que me miran cuando entro pero no me dicen nada. Selecciono el café que quiero, y espero a que esté acabado. Cuando lo está, lo cojo y me quemo extremadamente los dedos. Me giro para sentarme en una de las butacas, ahora a parte de las chicas, hay un chico que está esperando a que se le caliente algo en el microondas.

Camino decidida a una butaca que está junto las ventanas pero no me fijo que hay un lápiz en el suelo y tropiezo con él. No aguanto el equilibrio con estos tacones y me caigo tal y como lo hice ayer, dejando todo el suelo perdido de café.

Escucho como alguien se acerca a mí y se agacha, y tal como veo esa corbata roja, se me para el corazón.


Capítulo 7

Él

Juro que tal como he visto la corbata roja he sentido que me moría. ¿Por qué tenía que tener esa suerte? Qué hace ese chico ahí. Bastante me incordió ayer en la tienda y ahora lo tengo ahí, agachado junto a mí.

Levanto la vista para mirarle y ahí está, con una sonrisa socarrona, riéndose en mi cara. Me entran ganas de darle una patada, pero me controlo. Le echo una mirada de odio total e intento levantarme toda digna, cosa difícil con esos tacones de vértigo.

— A parte de ser una pobretona, ¿eres patosa?

— No tengo nada que hablar contigo.

— ¡Y yo que pensaba que me estabas alabando! Si has caído rendida a mis pies…— si las miradas mataran estaría muerto y a unos cien metros bajo tierra.

— Eres un maldito imbécil, déjame tranquila.

— No está bien que me insultes, ricura.

— Yo digo lo que quiero, que para algo tengo voz.

— ¿Qué hace una chica como tú en un sitio como este?

— Lo que a ti no te importa.

— Creo que sí que me importa.

— ¿Ah sí? ¿Eres tan entrometido que también quieres saber que hago aquí? Pues yo a ti no te debo explicaciones de nada.

— A ver…no levantes la voz, eso lo primero.

— No sé cómo decirte que hago lo que quiero.

— Tendrías que tenerme algo más de respeto.

— Ni que fueras mi jefe.

El chico me mira muy serio, fija sus ojos verdes en mis ojos marrones y creo que con esa mirada me está maldiciendo. Menudo gilipollas, le pegaba si no fuera tan pacífica.

— Cuando limpies todo esto, preséntate en mi despacho.

— A mí no me mandas tú.

— Sexta planta, a mano izquierda, la puerta donde hay un letrero que pone director.

Ahora sí que me quedo callada. ¿Cómo qué director? Es un chaval, un chaval imbécil. ¿Cómo va a ser él el director de algo? Seguro que me está tomando el pelo. Muy serio se va por la puerta y me deja a solas con las dos chicas que han presenciado todo. Las miro y ellas se me acercan.

— Te ayudamos a recoger esto— una chica pelirroja se dirige hasta un armario y saca una fregona y un cubo.

— Gracias, es que soy muy patosa.

— Tranquila, esto le puede pasar a cualquiera.

— Soy Arianna, no conozco a nadie aquí, es mi primer día.

— Encantada, yo soy Anna— una chica rubia con los ojos claritos me saluda— secretaria de la quinta planta.

— Igualmente, yo soy Leticia— la pelirroja me desvela su nombre— redacto artículos.

— ¡Ah! Yo ayudo a seleccionar los artículos que escribís.

— ¿Estas con Lisa?

— Sí.

— Suerte entonces.

— ¿Por?

— No es muy amigable que digamos, se centra demasiado en su trabajo y no se relaciona nada.

— Ya me he fijado, no me ha dado muy buena impresión cuando nos hemos conocido.

— Asiente en todo lo que te dice y no creo que tengas problemas.

— Eso me costará un poco, no tengo filtros.

— Ya lo hemos visto…

— ¿En serio es el director?

— Sí.

— Es un poco imbécil, ¿no?

— Es un chulito, pero nos tiene a todas ganadas en realidad.

— A mí no.

Odio a ese chico, ayer me fastidió mi tarde, y ahora mi primer día de trabajo. ¿En serio es mi superior? Me va a durar muy poco el trabajo así…Cuento con la esperanza de que como está en otra planta no me toque verlo mucho.

Terminamos de recoger todo el café que se me había caído, me despido de las dos chicas y entro en el despacho. Lisa está hablando con alguien por teléfono, está enfadada por algo de un artículo ridículo que ha llegado a su mesa. Me siento en la silla y observo el ordenador, tengo el artículo todo cambiado, arreglo un par de cosas y lo mando a imprimir. Salgo del despacho, voy a la sala de las impresoras y saco el nuevo artículo. Decido que ya es hora de ir a ver al maldito chaval que me hará la vida imposible en este trabajo, aparte de Lisa, claro está. Él se saldrá con la suya al haberme hecho ir hasta allí, pero yo he ido cuando he querido, de hecho he tardado más de media hora en ir hasta su puerta. Cuando llego a ella leo el letrero tal y como he hecho hace unas cuantas horas atrás con el de Lisa. Aidan Grant, pues resulta que sí que es verdad que es el jefe. Toco la puerta y espero a que me deje pasar, cuando me deja entro disimuladamente y lo encuentro tecleando algo en su pedazo de ordenador, nada que ver con el mío.

— Treinta y siete minutos para limpiar un café, impresionante.

— La cuestión es que estoy aquí, ¿no?

— ¿No vas a dejar de ser una insolente?

— Dejaría de ser yo.

— Si te digo que vengas a mi despacho cuando termines de limpiar, es que vengas a mi despacho cuando termines de limpiar, no cuando a ti te apetezca.

— Tenía que terminar una cosa antes de venir.

— ¿Se puede saber qué haces en mi empresa?

— Para ser tú empresa no estás muy enterado de a quién contratas.

— Todo eso está en manos de la señora Besson.

— Ha sido ella la que me ha contratado esta misma mañana.

— Tendré que tener unas palabras con ella.

— Ella sabe el carácter que tengo y por eso mismo me ha contratado.

— ¿Para qué puesto te ha contratado?

— Ayudante de redacción.

— ¿Qué es lo que tienes en la mano?

— Un artículo mejorado tal y como me ha pedido Lisa.

— Déjamelo ver.

Le tiendo las hojas, no muy segura. Es como si estuviera pasando un examen, como si de ese artículo dependiera si continúo aquí o no. Aidan lee muy concentrado las hojas, me da miedo pensar que es lo que puede estar pasando por su cabeza ahora mismo. Cuando termina de leerlas, me mira y muestra una sonrisa. Que no haga eso, por favor.

— Utiliza tu lengua insolente para escribir artículos como este, es impresionante.

— Ignoraba que de tu boca pudiera salir algo bueno.

— De la tuya está claro que no.

— En realidad no debería haberlo cambiado tanto, mi trabajo es limitarme a corregir faltas y resumir las cosas para Lisa.

— Lo sé, pero es genial. Lisa lo publicará seguro.

Sonrío ligeramente. Aunque me haya dicho algo bueno sigo odiándolo. Me quiero ir de aquí y no sé por qué me retiene más tiempo.

— ¿Cómo te llamas?

— Arianna.

— Bonito nombre, Ariadna.

— Arianna, sin d y con dos enes.

— Que exigente.

— En todo lo que hago, Aidan.

— Señor Grant.

— Aidan.

Me mira con media sonrisa, y le correspondo a la sonrisa. Arianna, céntrate, tiene una sonrisa y una mirada impresionante, pero céntrate. Es un imbécil.

— Puedes irte a seguir con tu trabajo, Ariadna— dice enfatizando mucho la letra d.

— Gracias, Aidan.

Me levanto de la butaca y me encamino hacia la puerta.

— Ese vestido es una maravilla en tú cuerpo.

Me giro hacia donde está Aidan y me guiña un ojo. ¿Cómo puede ser así? Corro para salir de ese despacho. Cierro la puerta y respiro. Necesito volver a mi tranquilo despacho. Sin la perdición de unos ojos verde intensos penetrándome y una sonrisa que me vuelve loca.


Capítulo 8

Entrometido

Para mi sorpresa a Lisa le ha encantado mi artículo corregido y me ha dicho que lo iban a publicar en la revista de este mes. Estoy muy contenta de haber conseguido algo tan grande el primer día de trabajo. Si quitas el altercado con Aidan, todo lo demás ha sido perfecto. Lisa no es muy amigable, pero tampoco es muy siesa. Se puede hablar con ella, aunque tengo claro que solo en el ámbito laboral, no es una chica a la que le contaría mis penas.

Anna y Leticia son muy simpáticas. Cuando nos íbamos me han dado sus números de teléfono y hemos creado un grupo de WhatsApp. Ellas también empezaron hace poco y no conocen a casi nadie. Además las tres tenemos unos trabajos poco importantes para la empresa y estamos un poco por hacer bulto, pero algo es algo.

Salgo del edificio y cojo mi móvil. Marco el número de un taxi. No tengo ganas de caminar hasta mi casa, está demasiado lejos, y el autobús no es una opción con lo cansada que estoy. Estoy a punto de llamar cuando alguien interrumpe mi llamada.

— ¿Has perdido las llaves del coche o algo?— hace dos días que conozco esa voz pero ya la tengo metida en la cabeza.

— No tengo coche, así que no, no he podido perder las llaves.

— ¿Y qué haces aquí? Esperando a ver si se te presenta la virgen y te lleva a casa.

— Deja de meterte en lo que hago y ocúpate de tu vida.

— Ariadna, deja de chupar limones porque eres muy agria.

— ¡Que no me llames Ariadna!

— Deja de levantar la voz, ya te lo he dicho antes.

Prefiero no decir nada más y le doy la espalda. Marco el número del taxi otra vez y espero a que me lo cojan.

— Buenos días, ¿en qué puedo ayudarle?

— Necesito un taxi, calle Villamar 5. El edificio de Grant— Aidan se me acerca y me quita el teléfono de la mano.

— Nada, ya no necesitamos nada, muchas gracias— cuelga y me tiende el móvil.

— ¿Qué coño haces?

— Controla esa boquita.

— ¿Por qué has dicho eso? Necesito un taxi que me lleve a mi casa.

— Encima que soy buena persona y te pienso llevar yo a tu casa…así no te gastas el poco dinero que tienes.

— No pienso irme a ningún sitio contigo, y mucho menos subirme a tu coche.

— Te estoy haciendo un favor. Vamos.

No tengo ganas de discutir más con ese chico. Estoy muy cansada y solo quiero dormir un poco hasta que me toque mi turno en el restaurante. Llegaré antes a casa si voy con él. A regañadientes le sigo, entramos otra vez en el edificio y cogemos el ascensor. Bajamos al subterráneo y buscamos su coche. Un impresionante Audi negro nos espera.

— Como puede ser que no me sorprenda…

— Debo tener un coche a la altura de alguien como yo.

— ¿Siempre eres tan creído o solo es conmigo?

— Soy así, no creas que soy diferente por ti.

— Contaba con la esperanza de que fueras una persona normal.

— Pues siento decirte que no lo soy.

Entra en el asiento del piloto. Yo me quedo fuera un poco indecisa, al final abro la puerta del copiloto y me siento. Que bien huele ahí dentro, y ya no sé si es por Aidan o por el ambientador que hay colgando. Le digo la dirección de mi casa y la busca en el navegador. Al minuto estamos saliendo del garaje y nos metemos de lleno en el tráfico.

— ¿Cómo ha ido tu primer día?

— Si no fuera por ti, excelente.

— Vaya, me suelen decir que los días son excelentes gracias a mi…

— Pues estás muy equivocado.

Aidan se ríe. Ya estamos otra vez, acostúmbrate a esa risa de una vez y no dejes que te afecte tanto, Arianna.

— ¿Cuántos años tienes?

— 22

— ¿Nunca has trabajado en algo parecido a lo de ahora?

— No, terminé la carrera hace unos meses.

— Es raro que alguien que no tenga experiencia escriba esos artículos.

— Lo que vale es el ingenio, no la experiencia.

Aidan se calla. Me gusta dejarle sin palabras, me siento que gano por una vez delante de ese chico que se cree demasiado.

— ¿Y tú cuántos años tienes?

— 25

— ¿Y ya tienes una empresa tan grande como es Grant?

— Es de mi padre, él suele tomar las grandes decisiones.

— Me tranquiliza saber eso.

— Si alguien tiene que despedirte, no dudes en que seré yo quien lo decida, no él.

— No creo que eches a perder una mente como la mía.

— No seas tan toca pelotas, Ariadna.

— Llámame por mi nombre, Aidan.

Los dos nos callamos. Hace un calor del demonio, alargo mi mano y como si estuviera en mi propio coche, conecto el aire acondicionado. Aidan me mira, pero no me dice nada, le es indiferente que me haya cogido tantas confianzas.

— Lisa ha aceptado mi artículo.

—  Ya.

— ¿Cómo que ya?

— Se lo he dicho yo.

Mi gozo en un pozo. Pensaba que le había encantado mi artículo y que lo había aceptado porque a ella le gustaba, no porque le parecía interesante a Aidan, que al fin y al cabo de redacción debe saber poco. Esto me hunde un poquito y me entran ganas de salirme del coche.

— La próxima vez no digas nada, yo quiero que me publiquen algo por méritos propios no porque tú quieras.

— Si fuera una mierda de artículo, no lo hubiera publicado por mucho que yo le hubiera dicho.

— Vale.

No tengo ganas de hablar con ese chico. Es un entrometido. Menos mal que queda poco para llegar a mi casa. Me callo y apoyo la cabeza contra la ventanilla. Los cinco minutos escasos hasta mi casa se me han hecho eternos. Me despido fríamente de Aidan y me bajo del coche, él baja la ventanilla para decirme algo:

— De verdad, no te enfades por eso. Eres buena escribiendo y eso no tiene nada que ver conmigo.

Le miro y me voy sin decirle nada. Sé que el sigue mirándome pero no tengo ganas de seguir viéndole. Abro el portal y cojo el ascensor. Cuando llego a mi casa, lanzo los tacones y me tiro en el sofá. ¡Esto sí que es vida! Con los pies descalzos, me hago algo de comer. Me llaman por teléfono y lo cojo mientras le doy la vuelta al pollo.

— ¿Cómo está mi hermana favorita?

— Solo me tienes a mí así que tampoco es nada del otro mundo eso…

— Uy…estás de mal humor…

— Solo estoy cansada, Nathan, ha sido un día agotador.

— ¿Qué tal ha ido?

— Bien, mejor de lo que me esperaba.

— Me alegro, bonita.

— ¿Para qué llamabas?

— Este fin de semana vuelvo a casa.

— ¿Sí?

— Sí, quiero veros antes de que empiecen los exámenes y me quede sin vida.

— ¡Qué alegría!

— Bueno…voy a ir con Thais.

— ¿Qué?

— Quiero que la conozcas.

— ¿Lo ves muy necesario?

— Sí.

— ¿La vas a meter en casa?

— No, si quieres yo estoy en casa y ella se va a un hotel…

— No me hace ni pizca de gracia.

— A mí tampoco tú actitud— no tengo ganas de discutir con él, estoy muy cansada. Sin decirle nada, le cuelgo, apago el móvil y me dispongo a comer.


Capítulo 9

Hurgando en la herida

He pasado ya la primera semana en el trabajo. Estamos a viernes y ya he acabado mi jornada laboral. Las cosas han estado bastante tranquilas estos días, Lisa está muy contenta con mi trabajo y me ha animado a que siga así. Anna, Leticia y yo nos hemos hecho inseparables, quedamos para tomarnos el almuerzo juntas todos los días, y ya hemos empezado a tener confianza de amigas para contarnos algún que otro cotilleo. A Aidan lo he visto poco, trabajar en diferentes plantas ayuda. Lo habré visto un par de veces que ha pasado por mi planta a comentar algo con los que mandan. Pero ni nos hemos hablado, ni hemos discutido ni nada, apenas un par de miradas.

Mi hermano me ha llamado como diez mil veces. Sé que yo también tengo la culpa de lo que dije, pero no voy a ceder. No pienso hacerme la simpática con una novia que sé que a mi hermano solo le hará mal. Nathan es un tesoro, muy influenciable y no me apetece nada que se convierta en alguien como ella, no es una buena compañía. El trabajo en el restaurante por las tardes se me hace muy pesado, acabo llegando a casa arrastrándome, pero es lo que me toca. No puedo dejar a mi madre tirada y sola en ese bar.

Cuando el taxi me deja en la puerta de mi casa a las dos y media, lamento haber llegado. Tal como abro la puerta me encuentro con una maleta y eso quiere decir que mi querido hermano ya ha vuelto. Y con ella, la arpía. Dejo las llaves en el aparador y voy a mi cuarto, escucho la música procedente del cuarto de mi hermano pero ni me paro a saludar. Me saco toda la ropa formal que ya me he acostumbrado a llevar y me pongo mis cómodos vaqueros y una sencilla camiseta.  Me desenredo el pelo que tenía en una bonita coleta y me desmaquillo. En ese momento noto como alguien me abraza por detrás. Sé que es mi hermano por el olor del a colonia que siempre le regalo.

—Ari…

— No quiero discutir contigo, Nathan.

— No he venido a discutir, lo siento si te sentó mal lo del otro día, de verdad.

— No pasa nada, yo también me disculpo.

Nathan coge y me abraza, es el mejor hermano, es tan sensible como una chica, igual por eso nos llevamos tan bien.

— Thais está en mi habitación…

— Podemos comer los tres juntos.

Una sonrisa inmensa aparece en la cara de mi hermano. Solo por momentos como esté acepto que esté esa bruja bajo mi techo.

— Ven que te la presento— sigo a Nathan hasta la habitación. Nada más entrar noto que ha estado fumando, mi hermano odia eso, no sé cómo puede estar con ella. Una chica morena, un moreno teñido porque ella no tiene ese color de pelo, me saluda. Un piercing en la boca le quita aún más el respeto que tenía por ella. Pensaba que era mala influencia, pero no tanto. Y ya ni comento cómo iba vestida, vestida por decir algo— Thais ésta es mi hermana Arianna.

— Encantada— la extra morena me da dos besos y me inunda con su olor a tabaco. Ni si quiera me muestra una sonrisa como la que intento fingir yo. Ni yo soy de su agrado ni ella del mío.

— ¿Vamos a comer?

Los tres nos vamos a la cocina, Nathan nos sirve la comida que ha hecho él en algún momento. Agradezco el gesto porque no tenía ninguna gana de cocinar. Durante los siguientes veinte minutos ninguno de los tres tiene una gran conversación, nos limitamos a dejar pasar el tiempo y comer lo antes posible. Cuando termino me disculpo con mi hermano y le digo que me voy a echar la siesta antes de que sea mi turno en el restaurante. Una vez encerrada en mi habitación me siento tranquila. Me lanzo en mi cama y desconecto un poco de todo hasta que me quedo dormida.

El sonido de una llamada de mi móvil me despierta, me intento desperezar sin mucho éxito. Aún medio dormida respondo a quien sea que me haya llamado.

— ¿Sí?

— ¿Ariadna?

Y tal como escucho la voz y como me llama sé quién es. Me entran ganas de colgar directamente pero me contengo.

— ¿Qué quieres?

— Necesito que me acompañes a una gala hoy a las siete.

— ¿Y yo que pinto ahí?

— Lisa me ha dicho que no puede venir ahora mismo, y ya sabes que cuando ella no puede tú ocupas su lugar.

— Lo siento, me tendrías que haber avisado con más antelación, ya tengo cosas que hacer.

— No te estoy proponiendo un plan, es una obligación.

— No puedo ir, tengo cosas importantes que hacer.

— Pues las cancelas.

— No puedo, Aidan.

— Ariadna, eres desesperante.

— Búscate a otra chica, será que no hay en la oficina.

— Necesito a la redactora, y si no está, eres tú la que tiene que venir.

— Pues lo siento mucho, pero no me es posible asistir.

Le cuelgo. Vale que esté en su empresa y ya me hayan avisado que si Lisa no podía ir tenía que ir yo, pero que me avisen con tiempo, no dos horas antes. No puedo dejar a mi madre tirada con el restaurante. Me levanto de la cama, cojo mi mochila y me voy al restaurante. De pasada veo que mi hermano y la cosa que se ha echado como novia están durmiendo en el sofá. Genial, olor a tabaco en más sitios.

Llego al restaurante y le doy un beso a mi madre que ya está menos agobiada al haberse acabado el turno de comidas. Ahora todo está tranquilo, y con un par de clientes.

— Ya está Nathan en casa.

— Ya, me ha avisado.

— Su novia da asco.

— Tenemos que aceptarla aunque no nos guste.

— Quiero lo mejor para él y ella no lo es.

— Se dará cuenta él solito, esperemos.

Durante la siguiente hora atiendo a los clientes que van viniendo y les sirvo lo que han pedido. Estoy escribiendo a Ian para salir esta noche a tomarnos algo cuando un cliente se acerca al mostrador donde estoy.

— ¿Tan poco pagamos que tienes que tener dos trabajos?

Levanto la mirada del móvil y no me creo lo que veo. ¿Qué hace Aidan aquí? ¿Y cómo sabe que trabajo aquí?

— ¿Cómo sabías que estaba aquí?

— He ido a tu casa, he llamado al timbre y me ha abierto un chico muy simpático. Nathan creo que se llamaba.

— Sí, es mi hermano.

— Pues eso, me ha dicho que te podía encontrar aquí, y he venido.

— Pues ya me has encontrado. ¿Ahora qué quieres?

— ¿Por qué no me habías dicho que tenías otro trabajo?

— No creo que sea de tu incumbencia.

— ¿Por esto no puedes venir a la gala?

— Eso es.

Aidan me mira y reflexiona algo. A saber que pensamientos hay en esa cabecita. Nada bueno seguro.

— Déjame hablar con tu jefa.

— No tengo jefa.

— Ahora me dirás que este bar es tuyo.

— No, de mi madre.

— Ah ¿y tienes que trabajar tú?

— Es una larga historia que no te pienso contar, pero como puedes comprobar no puedo ir a tu dichosa gala.

— Necesito que vengas.

— No puedo dejar el bar solo.

Aidan coge el teléfono se aleja un poco de mí y habla durante un minuto con alguien. Cuelga y vuelve hacia mí.

— Dame algo de beber mientras esperamos.

— ¿Esperar a qué?

— A un amigo.

— ¿Qué quieres beber?

— Un café que hoy estoy cansado.

A los cinco minutos aparece por la puerta un chico que se dirige directamente a Aidan, se saludan y luego se me presenta, se llama Martín.

— Ya tienes sustituto, vámonos.

— ¿Qué dices?

— Martín es un amigo de confianza, no es la primera vez que trabaja en bares, lo hará bien.

Mi madre sale de la cocina y se queda mirando a mi jefe. Solo con su mirada puedo ver que le ha enamorado. Perfecto, ni mi madre se resiste a los encantos de este hombre.

— ¿Pasa algo?

— Hola, señora. Soy Aidan Grant, el jefe de su hija. Mire, tenemos una gala muy importante esta tarde—noche, pero su hija no puede venir porque está trabajando aquí. Por ello, he llamado a mi amigo Martín para que cubra su puesto. No tiene nada de qué preocuparse, corre todo de mi cuenta— mi madre mira embelesada a Aidan, desde luego cuando se lo propone es muy diplomático.

— Claro, no hay problema. Ve, Arianna, es tu trabajo.

— Gracias, mamá.

Mi madre se vuelve a la cocina después de presentarse a Martín.

— Asunto arreglado, te espero fuera, voy a por el coche— me guiña un ojo y me da un billete de veinte. Contando que el café vale un euro ha dejado demasiada propina para mi gusto. Sonrío y pongo los ojos en blanco, meto el dinero en la caja y me despido de mi madre y de Martín dándole las gracias.

Salgo y el cochazo de Aidan me espera fuera ya. Me subo al asiento del copiloto.

— No hacía falta que me dejaras propina.

— No es nada para mí eso.

— Lo suponía.

— Tú madre es un encanto, no te pareces en nada a ella.

— Estás muy amargada siempre, te debes parecer a tu padre sino no lo entiendo.

Y ahí ha tocado mi fibra sensible. Le miro como nunca antes le había mirado, mi odio hacia él debe notarse porque enseguida me mira y sabe que ha dicho algo que no debía. Le retiro la mirada, me ha hecho daño con ese comentario, mi padre era lo mejor del mundo y se fue cuando aún no le tocaba. No lo tengo superado y odio que me saquen el tema ¿Cómo puede decir que mi padre era un amargado si era el mejor hombre que podía haber? Maldito gilipollas con la lengua demasiado larga. Contengo mis lágrimas que siempre salen al recordar a mi padre, y la sangre me empieza a hervir.

— La próxima vez que vuelvas a decir algo de mi padre, lávate la boca con jabón.

— ¿Qué?

— Mi padre está muerto, imbécil.

Justo en ese momento llegamos a mi casa, me bajo del coche sin decir nada y llorando.


Capítulo 10

Los malos no son tan malos

Subo las escaleras precipitadamente, no quiero ni esperar el ascensor. Hurgo en mi mochila para encontrar las llaves, en ese momento Aidan me alcanza, pero yo soy más rápida y abro la puerta cerrándola en su cara. Aunque él es más listo y mete un pie antes de que yo pueda cerrarla del todo. No me apetece hacer fuerza y me meto corriendo en mi habitación, llorando como hacía meses que no lo hacía. Escucho unos pasos llegar hasta mi cama pero no me dice nada. Sabe que la ha cagado o eso supongo, no lo conozco tanto para saber cómo piensa.

Presa de un ataque de ansiedad empiezo a notar que me falta el aire. No es la primera vez que me pasa pero hoy me cuesta mucho calmarme. Empiezo a hiperventilar para intentar recuperar el aire que creo que me falta, me estoy mareando y Aidan nota algo porque se acerca enseguida a mí y se agacha.

— Arianna, tranquilízate.

Me ha llamado por mi nombre, sí que sabe pronunciarlo, solo lo hace mal para joderme. Menuda pieza. Pero por lo menos sabe que ahora mismo no estoy para sus bromas.

No puedo respirar, estoy muy mareada y me duele muchísimo el pecho. Noto que mis pulmones se están quedando sin aire.

— Arianna, me estás preocupando…

No puedo ni responderle, empiezo a hiperventilar muchísimo y noto como el calor abrasa mi cuerpo. Me da vueltas todo y me cuesta enfocar las cosas. No sé por qué Aidan se sienta a mi lado, me coge las manos y las coloca en su estómago.

— Sigue el ritmo de mi respiración.

Noto en mis manos como su respiración va tranquila, expira e inspira sin prisa. Enseguida cojo el ritmo que marca y me voy calmando. El aire parece que me llega más a los pulmones y ya no hiperventilo.

— Muy bien, lo estás haciendo genial.

Cuando mi respiración vuelve a la normalidad, Aidan se levanta y desaparece. No tengo ni idea de dónde va, pero quiero que vuelva. Al minuto vuelve a aparecer con una Coca Cola, antes de volverse a sentar junto a mí, coge el mando y enchufa el aire acondicionado. El fresquito me calma aún más y siento como me voy recuperando.

— Toma, bébetelo, necesitas azúcar.

Me incorporo en la cama y me da un poco de vueltas todo. Me apoyo de un brazo y me bebo el refresco. Aidan no para de mirarme, no tiene su sonrisa socarrona con la que me mira siempre. Está realmente preocupado.

— Dime algo, no estoy acostumbrado a que estés callada.

— Gracias, estoy mejor.

— Me alegro.

No tengo ganas de hablar, solo quiero acostarme y dormir. Y como si no existiera nadie más ahora mismo me tumbo otra vez en mi cama y cierro los ojos.

Cuando abro los ojos, la oscuridad reina en mi habitación. El aire acondicionado sigue enchufado, pero a una temperatura más alta. Ya estoy totalmente recuperada, me incorporo en la cama y miro la hora en el móvil. Las ocho y media. ¡MIERDA! La gala, Aidan me va a matar. Me levanto de la cama y salgo corriendo al comedor, me encuentro a Aidan dormido en mi sofá. Me acerco a él, se ha quedado aposta en mi casa, no ha ido a la gala por mí. Igual no es tan mal chico como parece.

— Aidan…— le llamo despacito pero está demasiado dormido. Su boca entre abierta deja ver sus dientes perfectos— Aidan…— le toco el hombro y responde a mi tacto. Abre un poco los ojos y me sonríe.

— Me alegra verte mejor.

— No hacía falta que te quedaras…pero, gracias.

— No te podía dejar sola, si has estado así has ido por mi culpa.

Miro al suelo, me arrepiento de haber pensado tan mal sobre ese chico. Me acaba de demostrar que tiene sentimientos debajo de esa coraza de narcisista.

— No hemos ido a la gala.

— No importa, habrán mil más.

— ¿Seguro que no era importante?

— Lo importante es que tú te encuentres bien.

— Lo estoy.

Sonrisa inmediata en los dos. Se incorpora en el sofá y se queda sentado, yo me siento a su lado.

— Siento mucho haberte sacado ese tema, no tenía ni idea.

— Ya, no podías saberlo.

— Aun así, lo siento. A veces me pierden las formas.

— No eres al único, tranquilo.

— ¿Quieres algo de cenar?

— ¿Sabes cocinar?

— La verdad es que no, tenía pensado pedir algo.

— Me parece bien.

Me levanto y voy a por mi ordenador portátil. Cuando lo cojo me vuelvo a sentar al lado de Aidan y él se acerca a mí para poder ver la pantalla del ordenador. El mínimo roce de su brazo con el mío me hace vibrar.

— ¿Qué te apetece?

— ¿Te gusta el chino?

— Sí.

— Genial.

Aidan me arrebata el ordenador de las manos y empieza a teclear. ¡Qué controlador es! Lo tiene que hacer todo él para que se quede a gusto. Observo su cara de concentración mientras va pidiendo la comida, se muerde el labio cada vez que el ordenador se pone a pensar, se desespera él solo. Y a mí ese gesto me vuelve loca. Sus ojos verdes encuentran los míos y yo aparto enseguida la mirada.

— Ya está.

— A saber qué has pedido.

— Un poco de todo.

Cierra la tapa del portátil y lo deja sobre la mesa de centro. Coge el mando de la televisión y busca alguna película que podamos ver. Encuentra una comedia. Debe pensar que me hace falta reírme y la verdad es que sí. Se acomoda en el sofá manteniendo las distancias conmigo, pero yo siento la necesidad de acercarme a él. Me acerco hasta que nuestros brazos se rozan y ya me siento mejor. Aidan me mira y nos sonreímos.

— Sabes llamarme por mi nombre.

— ¿Qué te crees que no sé hablar?

— A veces lo parece— y ahí estamos en nuestra relación de siempre, pero me empieza a gustar como nos picamos.

— Me hace gracia picarte.

— Por lo menos sabes en que momentos no es hora de bromas.

— Claro— me guiña un ojo y centra su atención en la televisión.

Yo también me centro e intento olvidarme de que no estoy sola en mi casa con Aidan. Lo conozco de una semana y ahí estamos como si fuéramos amigos de toda la vida, contando que hasta hace escasas horas lo tenía como un cabrón. Llaman al timbre, y Aidan le levanta para abrir la puerta al repartidor. Cuando cierra me llama y empieza a poner las cosas en la mesa. Todo tiene una pinta riquísima.

— ¡Qué buena pinta!

— Tengo buen gusto para todo, incluso para la comida.

Esta vez no le rechisto y empiezo a comer. Tengo bastante hambre y cenamos casi sin hablarnos. Los dos estamos entretenidos con la comida y con la película, que de vez en cuando comentamos o nos reímos de lo que pasa. En quince minutos terminamos y recogemos todo. Cogemos un helado de la nevera y nos volvemos a poner en el sofá, esta vez nos acomodamos más y ponemos los pies encima de la mesita.

— Después de que me llevarás a casa el martes no nos hemos vuelto a hablar hasta ahora.

— Ya me echabas de menos.

— No.

— No era una pregunta, era una afirmación.

— Pues tu afirmación no es correcta.

— Si fuera incorrecta, no te hubieras dado cuenta de que no hemos hablado estos días.

— Solo quería saber si había alguna razón.

— No, no hemos coincidido y ya está.

— Vale.

— Pero si te importa mucho hablar conmigo, ya sabes dónde está mi despacho.

— No tranquilo, que para discutir no voy.

Me separo un poco de Aidan y busco mi espacio. Él nota que me he puesto a la defensiva y se vuelve a acercar. Yo me mantengo reacia a ese acercamiento, pero no digo nada. Seguimos mirando la televisión en silencio. A las once se acaba la película de comedia y empieza una romántica. Decidimos verla también. Hablamos de cosas sin importancia, conociéndonos un poco mejor, hasta que Aidan deja de hablar y cuando le miro veo que se ha quedado dormido. Es una monada así. Me permito acercarme un poco más a él y apoyar mi cabeza en su pecho y así en poco más de un minuto, me quedo yo también dormida.

El sonido de las llaves abriendo la puerta me despierta, Aidan sigue durmiendo profundamente en el sofá. Me levanto cuidadosamente y me acerco a la puerta, veo a mi madre entrar y le doy un beso.

— ¿Qué haces despierta?

— En realidad me acabo de despertar.

— ¿Por qué hablas tan bajito?

Sin decir nada señalo el sofá y mi madre se fija en que hay un chico que reconoce enseguida dormido en el sofá.

— No pienses nada raro, estábamos viendo una película y nos quedamos dormidos.

— No tienes que darme explicaciones, querida, me voy a dormir que estoy muy cansada, nos vemos mañana.

— Vale, mamá— nos damos dos besos, las buenas noches y desaparece.

Me acerco al sofá y cojo el móvil que está en la mesa, tengo tres llamadas de Ian y otra de Nathan. No me he enterado de nada de lo dormida que estaba. También tengo mensajes suyos de WhatsApp, mi hermano me dice que llegará tarde esta noche, le contesto con un simple vale. Ian a las diez y media me había mandado un mensaje diciéndome que si salíamos, miro la hora, son las doce, se debe haber preocupado y por eso me ha llamado. Le contesto enseguida diciendo que estaba durmiendo, que estoy muy cansada y lo dejamos para mañana. Al segundo me contesta que vale, que esta con Eric. Sonrío y le mando una carita guiñando un ojo. Dejo el móvil en la mesa, e intento despertar a Aidan, se agita y me aparta, pero insisto un poco y consigo despertarlo.

— ¿Qué hora es?

— La doce y poco.

— Puf…tengo que volver a mi casa.

— Estás muy dormido, vamos a mi cama y dormimos.


Capítulo 11

La calma poco duradera

El calor hace que me despierte. No puedo ni menearme, tengo a alguien pegado detrás de mi espalda que me tiene envuelta entre sus brazos. Por algo tenía yo tanto calor. Me remuevo un poco para que se aparte, pero no lo consigo. Estiro un poco la mano y consigo atrapar el mando del aire acondicionado, lo enciendo y el fresquito enseguida nos envuelve. Me permito volver a cerrar los ojos y quedarme dormida de nuevo.

Al poco rato noto como Aidan se agita a mi lado y me desenvuelve de sus brazos. Me giro y veo como se ha puesto boca abajo con la cara hacia a mí. Tiene unos labios tan bonitos que me entran ganas de besarlos. Solo yo puedo estar en una cama con este hombre y no hacer nada. Prefiero darme la vuelta y darle la espalda, es demasiada tentación para mí. Cojo mi móvil y veo que son ya las doce del mediodía. Me levanto sin despertar a mi acompañante y salgo al comedor.

— Hola, cariño— mi madre me da dos besos cuando me ve entrar.

— Qué tarde es.

— Necesitabas dormir, ha sido una semana dura.

— La verdad es que sí.

— Tu hermano y su novia han venido cuando yo me despertaba. No les veremos el pelo hasta las tantas de la tarde.

— Mejor, cuanto menos vea a esa, mejor.

Mi madre me mira pero no dice nada, sabe que tengo razón pero no se va a posicionar entre ningún hijo. Escuchamos como unos pasos se acercan a nosotras, y un Aidan despeinado y con cara de sueño nos muestra una sonrisa. Este chico es encantador, hasta que abra la boca y se le vaya todo el encanto.

— Buenos días, Aidan. ¿Has dormido bien?— se acerca a mí y se sienta en la silla que hay libre a mi lado. Mi madre se calla y solo hace que mirarlo.

— Sí, como un tronco— le sonrío. Me levanto y traigo algo para desayunar los dos.

— No sé qué te gusta.

— Con esto servirá—coge un vaso y lo llena de leche, luego alcanza una tostada y la empieza a untar de mantequilla— ¿Martín hizo bien su trabajo?

— Sí, es un encanto de chico.

— Está muy bien preparado. Ha trabajado en muchos restaurantes importantes como camarero, por eso sabía que no iba a fallar.

— Ojalá poder contratar a alguien como él.

Para mi gusto mi madre está hablando más de la cuenta, Aidan es un entrometido y nada le gusta más que saber más cosas de mi vida, y no me apetece que sepa por qué no contratamos a más gente.

— Puedo darle vuestro número si os interesa.

— No nos podemos permitir otro trabajador, desde que mi marido murió no nos va muy bien el negocio. Tenemos contratada a una chica que me ayuda por las mañanas y luego viene Arianna por las tardes. Intentamos llevarlo lo mejor que podemos hasta que vaya algo mejor.

— Mamá, eso a Aidan no le interesa…

— ¿Por qué no? Claro que me interesa.

— Pues a mí no me hace gracia que vayan sabiendo nuestras penas por ahí.

Los tres nos quedamos callados. Aidan y yo seguimos desayunando, mi madre se disculpa y se va a la cocina.

— ¿Por qué no me has contado nada de esto?

— Sigues siendo un entrometido. Es mi vida, no la tuya.

— Necesito saber la vida de cada una de mis trabajadores.

— Si ni sabías que era tú trabajadora, no me vengas con estas ahora.

— No te pongas tan a la defensiva que yo no he preguntado nada, ha sido tú madre la que lo ha soltado todo.

— Pues eso, ya sabes la parte más patética de mi vida.

— Será mejor que me vaya, se ha hecho tarde.

— Sí, mejor.

Aidan me mira sin la mínima sonrisa. Ya estamos otra vez con nuestra relación de tira y afloja. Los piques que nos hacemos cuando nos metemos con el otro me gustan, pero esto no me gusta nada. Se levanta y se va a mi habitación, sale con la americana en una mano y con el móvil en la otra y diciéndome un simple adiós sale por la puerta de la entrada. Ni si quiera le he respondido. Nuestra relación es como una montaña rusa.

Me levanto de la mesa, recojo todos los platos y vasos del desayuno y los friego. Cuando termino me voy a mi cuarto y me cambio de ropa. Me tumbo en la cama y me llega el olor de Aidan. Me aparto enseguida y decido que me voy a ir a dar un paseo. Cojo mi mochila, aviso a mi madre de que me voy y ya estoy en la calle.

El camino hasta aquí muy bien, pero ahora no tengo ni idea de a dónde ir. Miro la panadería que hay enfrente de mi casa y me encamino hacia ella, será una buena forma de desconectar un poco de todo hablar con Bella. Cuando entro, ella me sonríe. Me acerco a ella y le doy un abrazo.

— ¿Cómo te ha ido todo? ¿Te han dado el trabajo?

— Sí, perdón por no haber pasado antes por aquí, he estado muy ocupada.

— No pasa nada, cariño. Me alegro por ti— me sonríe de forma sincera y se lo agradezco.

— ¿Sabes de algún sitio donde me pueda comprar un coche de segunda mano?

— Ni idea, pero podemos buscarlo si quieres.

— Vale, es que el trabajo está lejos de casa e ir todos los días en taxi me va a salir muy caro.

— Pues sí, querida. Vamos a buscar concesionarios de esos.

Bella saca un libro de páginas amarillas y empezamos a buscar concesionarios de segunda mano. Por internet lo hubiera sacado muy fácilmente pero me encanta ver a Bella tan ajetreada y contenta por ayudarme con algo. Después de media hora de búsqueda, he apuntado en un papel todos los concesionarios que hay por la zona y que están abiertos un sábado. Le doy las gracias por la ayuda y me despido de ella.

Me encamino unos pisos más allá del mío y me paro en la puerta de Ian. No le he avisado ni nada, pero nuestra relación es así, nos presentamos en la casa del otro cuando nos apetece. Toco el timbre y espero a que me conteste. Sin preguntar quién es me abre el portal y subo a la segunda planta con el ascensor. Toco la puerta e Ian me recibe en calzoncillos. Me río ante tal estampa.

— ¿Interrumpo algo?

— No, tranquila, pasa.

Entro en su apartamento y me siento como en casa. La casa de Ian es como mi segunda casa, la decoramos entre los dos y es como medio mía. Dejo mi mochila en el recibidor y cuando entro en el comedor veo paseándose a Eric también en calzoncillos. Sonrío. Menos mal que no quería nada con él.

— Hola, Arianna.

— Hola, Eric. ¿Qué tal?

— Mejor que nunca.

Me sonríe y se pierde en el cuarto de baño. Miro a Ian y le interrogo con la mirada, él pone los ojos en blanco y nos sentamos en el sofá.

— ¿Qué se te ha perdido por aquí?

— No sabía que estabas acompañado si no hubiera avisado.

— Tranquila, hace como una hora que hemos conseguido desengancharnos.

— ¿Qué dices?— Ian se acerca a mi oído y me susurra algo.

— Folla como los dioses.

— Menos mal que no tenía experiencia— digo yo también en voz baja.

— Y no tiene, pero es una máquina. ¡Menos mal que no he desperdiciado algo así!

— Suerte la tuya de haber tenido sexo frenético durante toda la noche.

— ¿Tienes envidia?

— Pues sí, no sabes lo que necesito un polvo.

— Esta noche salimos, a ver si te encontramos algo.

— Perdón por no contestarte ayer.

— Me preocupaste mucho. ¿Pasó algo?

— ¿Te acuerdas de mi jefe?

— Sí, el gilipollas.

— Pues he dormido con él.

— ¿Qué? ¿Qué?

— Lo que has escuchado.

— ¿Y no habéis hecho nada? Será un gilipollas pero debe follar que da gusto.

— Es un imbécil, Ian. ¿Cómo voy a hacer nada con él?

— ¿Cómo llegaste a dormir con él?

— Me llamó por la tarde para decirme que tenía que acompañarle a no sé qué mierda de una gala. Y yo le dije que no podía y le colgué. No le conté nada del restaurante porque no le interesa a ese chico nada de mi vida. Entonces a la hora de empezar mi turno se presentó, lo descubrió todo y llamó a un amigo suyo para que cubriera mi puesto y yo me pudiera ir. Total que en el coche me dijo que era una amargada, que debía parecerme a mi padre. Toco un tema que ya sabes que para mí…es tabú…salí de su coche llorando como una loca y me dio un ataque de ansiedad que por poco me quedo ahí, pero él se quedó en mi casa hasta que me recuperé. Cenamos juntos, vimos películas y nos quedamos dormidos.

— ¿Cómo puedes dormir tan a gusto con alguien que no se merece ni que le dirijas la palabra?

— Se portó muy bien conmigo. Fue súper atento y estuvimos súper bien, pero hoy cuando nos hemos despertado hemos vuelto a lo de siempre y se ha ido de mi casa casi sin despedirse.

— Te lo podrías haber follado, por lo menos te hubieras llevado algo de él.

— Serás tonto— le doy un pequeño puñetazo en el hombro y nos reímos— No he venido aquí para contarte todo esto, solo quería decirte si me acompañabas a comprarme un coche de segunda mano.

— ¿Para qué? Sabes que te puedo llevar yo donde necesites.

— Ya…pero cuando salgo del trabajo tengo que coger el taxi y me sale muy caro. Quiero un coche para mí.

— Claro…me visto y vamos. ¿Sabes a dónde?

— Tengo unas cuantas direcciones.

— Genial, aviso a Eric y podemos irnos.

Ian se levanta y se va a su cuarto a cambiarse. En ese momento sale Eric del baño, todo vestido ya. Me dedica una sonrisa y se sienta a mi lado.

— ¿Dónde va Ian?

— Nos vamos a mirar un coche de segunda mano para mí, ¿Quieres venir?

— Oh, gracias por la invitación pero volveré a mi casa. Esta tarde tengo turno en la panadería.

— Qué pena. Esta noche vamos a salir, te puedes venir si no estás muy cansado.

— Me encantaría, hablaré con Ian para que me diga la hora.

— ¡Genial!

— ¿Crees que lo voy a agobiar si voy? Ian es muy independiente…

— No creo, le encantará que vengas, estoy segura.

Eric me muestra una sonrisa enorme y me da un abrazo. Es un chico encantador. Espero que Ian se dé cuenta de que es un chico de provecho y no lo mande a paseo como a todos. Sale arreglado ya de su habitación y se acerca a nosotros.

— Podemos irnos— los tres nos levantamos del sofá y salimos por la puerta. Eric dice que se va a su casa y se despide de Ian con un beso en la boca tan bonito que me da envidia. Y tal como los veo tan monos espero que Ian decida sentar la cabeza.


Capítulo 12

Detrás de mí

Ian y yo llegamos al primer concesionario. No hay nadie, así que nos atienden bastante rápido. Un señor bajito y muy simpático nos enseña el garaje. No tengo mucho presupuesto así que los coches que me enseñan son bastante lamentables, pero mientras funcionen a mí me da igual que no sea un cochazo como el de Ian o el de Aidan.

— Os voy a enseñar uno que nos acaba de llegar. Se encuentra dentro de tu presupuesto y creo que te puede gustar.

El señor nos lleva hacia el final del garaje y me encuentro con un coche pequeñito de color gris. Enseguida sé que ese coche debe ser mío. Nos lo enseña por dentro y a mí me encanta, Ian pone los ojos en blanco ante mi entusiasmo. Sé que a él le aborrece este coche tan feo pero a mí me parece una monada. No quiero ver ningún coche más y enseguida le digo al señor que tiene que ser mío.

— No hace falta ver más, éste es el coche que quiero.

— Perfecto, pues vamos dentro y firmamos los papeles.

Acompañamos al señor hasta el despacho, nos sentamos mientras esperamos que imprima los papeles necesarios.

— Firme estos papeles y el coche será tuyo.

Cojo un bolígrafo y firmo la compra del coche. Le tiendo el dinero que hemos acordado y él me da las llaves del que ahora será mi coche.

— Dentro de dos días te llamaré para que vengas a recoger los papeles del cambio de nombre.

— Perfecto, muchas gracias por todo.

— A vosotros. Buenas días.

Ian y yo salimos al garaje, estoy súper contenta con mi nueva adquisición. Me meto en el asiento del piloto y me siento bien. Ian me mira orgulloso, sabe lo importante que es para mí la compra de este coche. Me da madurez y la independencia que necesito.

— Te espero fuera con el coche, vamos a comer que tengo hambre. Sígueme.

Cuando Ian desaparece, meto la llave en la ranura y el coche se pone en marcha. Hace bastante que no cojo uno, pero espero que conducir sea algo que no se olvide Piso el embrague, el acelerador y enseguida el coche sale disparado. Me encuentro con Ian, me saluda y le sigo. Nos adentramos en el tráfico. Tal como vamos sé que me está llevando al centro comercial, eso es que está indeciso en lo que comer y lo decidirá directamente allí.

El móvil empieza a sonarme, aprovecho el parón en un semáforo para comprobar quien es el que me llama. El nombre de mi querido jefe aparece en pantalla. Descuelgo y pongo el manos libres.

— No puedo hablar ahora, Aidan. Estoy conduciendo.

— Ignoraba que supieras conducir.

— Ignoras todo lo que sea que sepa hacer algo más que respirar.

— No lo hubiera expresado mejor.

— ¿Para qué me llamas?

— Pensaba que ya tenías ganas de escuchar mi voz.

— Pues no. Estaba muy bien sin escucharla.

— Hoy vamos todos los altos cargos a cenar y luego por ahí a celebrar que hemos cerrado un acuerdo muy importante.

— Enhorabuena, ahora lo publico en mi Facebook…

— Deja de ser tan borde, Ariadna.

— ¿Dónde quieres llegar con esta conversación?

— Que estas invitada, si te apetece.

— Yo no soy ningún alto cargo.

Llegamos al centro comercial mientras sigo hablando con Aidan. Aparco y salgo del coche con el teléfono en la oreja. Ian se reúne conmigo pero no me dice nada al ver que estoy con el móvil.

— Da igual que no seas un alto cargo, yo te invito.

— No tengo ganas de codearme con la gran élite, me gusta quedarme más con los plebeyos.

— No te voy a insistir, estás invitada.

— Gracias, pero en realidad ya tengo planes, si no hubiera tenido aún me lo hubiese pensado.

— Es una lástima, entonces ya nos veremos el lunes, hasta entonces.

Cuelga sin darme tiempo a responder. Se parece mucho a mí con ese tipo de reacciones. Guardo el teléfono en la mochila y me agarro del brazo de Ian.

— ¿Qué quería ahora?

— Invitarme a cenar con la gran élite de la empresa.

— Al final serás alguien importante…

— No me importa lo más mínimo eso, yo solo quiero ser buena en mi trabajo y ya está.

— ¿Así que esta noche tenemos fiesta?

— ¡Sí! Podemos ir todos…tú, Nora, también mi hermano, y su novia aunque la odie…

— Me parece bien, invitaré a Eric.

— Me alegro que digas eso.

— ¿Por qué?

— Porque ya le había invitado esta mañana.

Ian me lanza una mirada asesina y yo le sonrío como una niña buena. No esperaba que le fuera a sentar mal.

— ¿No querías que viniera?

— Estoy un poco confundido con ese chico.

Llegamos a un italiano y entramos. Hay poquita gente y eso nos gusta. Nos toman el pedido enseguida, una pizza para él y un plato de pasta para mí. De beber una coca cola y una cerveza sin alcohol.

— Sigue contándome lo de Eric.

— Ya sabes cómo soy…me da miedo engancharme a alguien.

— Estaba claro que él tenía muchas papeletas para eso.

— ¿Por qué?

— Porque tiene todo lo que te gusta a pesar de ser un niño.

— No es un niño…tiene veinte años.

— Me gusta que lo defiendas, eso es que te gusta de verdad.

— ¿Debería seguir como estoy y que vaya surgiendo?

— Te saldrá solo estar con él si de verdad te apetece.

— Supongo.

Comemos en silencio, mandamos unos mensajes. Ian a su hermana y a Eric para que vengan esta noche, y yo le mando un mensaje a mi hermano y también a mis compañeras de trabajo, dudo que ellas estén invitadas a la súper fiesta de Aidan. Me contestan todos que sí que vendrán, y a Ian le responden lo mismo.

Terminamos de comer y nos vamos a mirar algunas tiendas. Acabo comprándome cuatro tonterías para el coche para darle mi toque de chica. Ian se compra ropa porque él no sabe ir a una tienda y no llevarse nada. A las seis salimos del centro comercial, cogemos cada uno nuestro coche y nos vamos a nuestras casas. Quedamos en vernos a las nueve para ir a cenar antes de irnos de fiesta.

Me encuentro a mi hermano sentado en el sofá viendo la televisión. Me extraña verlo solo, pero me alegra. Me acerco a él y me lanzo encima suyo para darle un abrazo, él enseguida me corresponde y me da un beso en el pelo.

— ¿Dónde está tu novia?

— Tiene una amiga aquí y ha ido a verla.

— Bien, me alegra tener a mi hermano solo para mí.

— ¿Tú de dónde vienes?

— De comprarme un coche.

— ¿En serio?

— ¡Si! Es una carraca pero para moverme por ahí suficiente.

— Pues sí.

— ¿Te vienes seguro esta noche?

— ¡Claro! No sé si vendrá Thais o se irá con su amiga pero yo voy contigo seguro.

— ¡Bien!— vuelvo a abrazar a Nathan— No sabes lo contento que se pondrá Ian al verte.

— ¿Aún sigo siendo su amor platónico?

— Lo serás siempre.

— Si en diez años no encuentro una mujer que valga la pena me lo replantearé.

— No le digas eso porque si no ya está organizando la boda— los dos nos reímos.


Capítulo 13

La noche

He pasado una tarde perfecta con Nathan. Hacía mucho tiempo que no estábamos los dos juntos y hablábamos de nuestras cosas. Odio que esté estudiando fuera pero solo quedan un par de meses para que todo vuelva a la normalidad y lo tenga aquí siempre. Su novia lo ha llamado para decirle que se iba a cenar con su amiga y que no vendría con nosotros. Nathan lo ha lamentado, pero yo casi toco las palmas.

A las ocho y media me empiezo a arreglar, no tengo pensado arreglarme tanto como para ir a la empresa, pero algo más que de normal sí. Elijo unos pantalones negros ceñidos y una blusa de color rosa palo con un escote pronunciado. Ya me he acostumbrado a los tacones así que ahora me pongo unos de color rosita que quedan bien con la blusa. Me liso el pelo y no me hago nada más, estoy cansada de las coletas finas para ir al trabajo. Me maquillo lo mínimo y ya estoy lista. Salgo al comedor y mi hermano ya me está esperando. Va increíble con sus vaqueros y con una camisa.

— Si Ian intenta hacerte cosas obscenas luego no te quejes.

— Solo voy con camisa…

— Pero estás…lástima que sea tu hermana— le guiño un ojo a mi hermano y él se ríe.

Cojo el bolso, meto todo lo necesario dentro y ya nos disponemos a irnos. Hemos decidido que vamos a dejar el coche en casa, no es buen plan llevárselo un sábado a pleno centro. Cogeremos un taxi o caminaremos un poco que no nos vendrá mal. Ahora que trabajo tantas horas seguidas sentada en una silla seguro que me crecerá el culo. Así que ya tengo motivo más que suficiente para ir a pie hasta el centro.

Nathan y yo caminamos en silencio entre las calles abarrotadas de un sábado que no ha hecho más que empezar. Después de treinta minutos de paseo, llegamos hasta el restaurante donde hemos reservado mesa. Entramos y nos guían hasta nuestro sitio. Aun no hay nadie, y me extraña que Ian no esté ya con lo tiquismiquis que es con esto de la hora.

Cinco minutos después de nuestra llegada, aparecen Anna y Leticia.

— Hola, chicas— Nathan y yo nos levantamos para saludarlas.

— Hola, encantada.

— Este es mi hermano, Nathan.

— Encantada también.

— El placer es mío— mi hermano lanza una de sus sonrisas y ya las tiene en el bote. Lo que me faltaba, que ellas también tengan a Nathan como amor platónico.

— ¿Qué es esto de empezar las presentaciones sin mí?— Ian llega con todo su desparpajo natural y se presenta el mismo a mis amigas— Soy Ian, encantado. Este es Eric, un…no sé cómo describirlo aún.

— Amigo especial—Eric saluda también a las dos nuevas chicas.

— Bueno, sí, eso suena bien.

— Yo soy Nora, su hermana, pero parece importarle más bien poco.

— Mirad, Leticia y Anna, si conseguís que esta y Nathan estén juntos os ganáis mi amistad eterna.

— Si en tantos años no lo habéis conseguido vosotros…— responde Nora con una sonrisa.

Decidimos sentarnos ya en la mesa para comer, en menos de dos minutos ya hemos pedido lo que nos apetece y nos quedamos a la espera de que nos lo traigan.

— ¿Y vosotras tenéis novio?— y ahí está mi mejor amigo, sin pelos en la lengua.

— Yo tengo amor imposible, si eso sirve…—responde Leticia.

— ¡Como el mío con Nathan!—Eric mira extrañado a Ian, él pone una mueca y entiendo enseguida que el amigo especial no tiene ni idea de este tema.

— ¿Cómo?—pregunta Eric con una cara de enfado que no le pega nada con lo buen niño que es.

— No te preocupes, Ian y yo nos conocemos desde hace muchísimos años y siempre me ha dicho que si fuese gay querría estar conmigo.

Los platos llegan a la mesa justo a tiempo para no seguir con esa conversación. Capto la idea de que este tema lo tenemos que evitar en la medida de lo posible. Y me sabe mal descubrir esto porque a Ian le echará para atrás Eric si es celoso. Hago desaparecer esa idea de mi cabeza y centro mi atención en la conversación que hay ahora.

— ¿Qué habéis estudiado?— mi hermano siempre tan diplomático, ni punto de comparación con el cazurro de Ian.

— Yo periodismo aunque me veo demasiado estancada en la empresa contesta la pelirroja.

— ¿Y eso?

— Cuando terminé la carrera yo pensaba que iba a ser una gran periodista que iba a estar presente en los sucesos más importantes…y aquí estoy en una empresa haciendo artículos que no les interesan a nadie.

— ¡No digas eso! Yo he leído artículos tuyos y son muy buenos—le digo a Leticia para no desanimarla. La verdad es que tiene un poco de razón, la mayoría de los temas son bastante simples y aburridos, pero ella escribe bien y tiene que confiar en ella misma para ir subiendo puestos.

— ¿Y tú qué has estudiado?— Nathan centra su atención en Anna

— Hice formación profesional de administración, y ahora estoy estudiando Criminología.

— ¡No puede ser! Yo también—a mi hermano se le iluminan los ojos y sé automáticamente que estos dos se van a llevar bien.

— Conmigo nunca te has mostrado tan efusivo, Nathan—dice en broma Ian. Observo a Eric que se remueve incomodo en su silla.

Siento que mi móvil está empezando a vibrar, lo saco disimuladamente del bolso y veo el nombre de mi maldito jefe reflejado en la pantalla. ¿Qué le ha dado a este hombre conmigo? Que me deje en paz de una vez, por favor. Le rechazo la llamada y vuelvo a guardar el móvil dentro del bolso.

Acabamos de cenar tranquilamente. La tensión se ha evaporado junto al alcohol que acaba de llegar a la mesa. Y las conversaciones suben más de tono conforme las bebidas van haciendo efecto en nosotros, además Ian como buen bocazas que es, hace preguntas a diestro y siniestro.

— ¿Cuál es vuestra fantasía sexual?

— Hacerlo en un sitio donde me puedan pillar—contesta Nora bebiendo un sorbo de su copa.

— ¡En la playa es el mejor sitio!—responde Ian, conociéndolo este habrá probado todos los sitios habidos y por haber.

— A mí me gustaría probarlo con dos chicos—dice Leticia poniéndose como el color de su pelo.

— Yo…que el chico se vista de policía y me dé con la porra—Anna se ríe de su propio comentario.

— Mira, yo tengo un disfraz de policía—responde Nathan. Si no estuviera Thais por el medio yo creo que Anna y Nathan podrían llegar a tener algo.

— ¿Y tú, Ian?

— ¡Que Nathan utilice ese disfraz de policía conmigo!—todos nos reímos ante ese comentario, incluso Eric que es al que más le está afectando el alcohol que estamos tomando.

Cuando ya es medianoche nos vamos del restaurante y vamos a la mejor discoteca que hay en el centro. Hay una cola de mil demonios y esperamos a que llegue nuestro turno. Después de unos eternos quince minutos conseguimos entrar. La música resuena por toda la discoteca, dejamos nuestras cosas en el guardarropa, y nos encaminamos para coger una bebida.

El ambiente es magnífico a pesar de la cantidad de gente que hay. Nathan y Anna no se separan, están hablando de cosas aburridas de su carrera. Me entran ganas de darles cinco copas más para que se emborrachen y se líen pero no le voy a hacer eso a mi hermano. Además que tampoco colaría. Nora y Leticia están intentando ligar con unos chicos que se les han acercado hará cinco minutos escasos. No soy gran cosa, y sabiendo cómo es Nora enseguida los despachara si encuentra una mejor conquista. Me gustaría ser como ellas, que hablan con todo el mundo y se dejan llevar por lo que les apetece en cada momento. No como yo que pienso las cosas miles de veces y no actúo por instintos. Ian y Eric se estaban enrollando delante de todos en una esquina de la discoteca. Ahora han desaparecido y casi que prefiero no saber lo que están haciendo. Como cada uno está a su rollo y yo me siento muy sola, decido que hoy es un día especial y me voy a pedir otra copa. Antes de llegar a la barra un chico de seguridad se me acerca y me toca el hombro.

— Hola, me acaban de decir que acabas de ser invitada a la zona VIP con tus amigos.

— ¿Quién me ha invitado?

— No sé cómo se llama, solo me ha dicho que se lo dijera a la chica de rosa que se llama Ariadna, es decir, tú— y tal como escucho ese nombre, sé quién ha sido.


Capítulo 14

Sí, pero no

He conseguido reunir a todos mis amigos. He tardado más de lo normal ya que estaban desperdigados por la discoteca. Les he avisado de que mi jefe nos había invitado a la zona VIP y se han vuelto locos. Llegamos a la sala en la que solo pueden entrar los exclusivos, el chico que me ha dicho antes que estaba invitada está en la puerta, cuando me ve me saluda y nos deja entrar con una sonrisa.

Sin duda alguna es el mejor sitio de la discoteca, es como si fuera otra completamente diferente. Las butacas y sofás envuelven la sala, no hay prácticamente nada de humo y la música va al gusto de los que están ahí. También disfrutan de una barra libre para ellos solos, sin tener que aguantar la cola interminable que hay en la de fuera.

Cuando entramos todos nos miran, reconozco algunas caras de habérmelas cruzado en la empresa, pero ninguno se para a saludarnos, ni siquiera nos dirigen una sonrisa. A nosotros nos da bastante igual y nos vamos a un hueco que hay libre en uno de los sillones. Nos sentamos todos para descansar un poco de lo que hemos bailado fuera.

— ¡Madre mía! Que bien viven aquí…

— Nunca había entrado en esta sala VIP.

— Es impresionante.

— ¡Menos mal que mi mejor amiga tiene contactos! —Ian me coge la cara y me da un beso en la boca que sabe a alcohol.

— Acabo de ser la envidia de mitad de discoteca.

— La otra mitad ya me han visto enrollándome con Eric así que esos ya han perdido las esperanzas de tener algo conmigo— Ian se ríe de tal manera que nos contagia a todos.

A la media hora de estar sentados, Ian, Eric, Nora y Leticia deciden irse a bailar un rato en mitad de la pista. Nathan y Anna deciden quedarse conmigo un rato más.

— ¿Quién es vuestro jefe?

— No sé dónde está.

— Está ahí, junto a Lisa—sigo la mirada de Anna y me encuentro con Aidan susurrándole algo a mi jefa mientras la tiene cogida de la cintura. Aparto inmediatamente la mirada y me maldigo a mí misma porque sé que me molesta ver eso.

— ¿Son pareja?

— Ni idea, tampoco me importa— Nathan me mira con el ceño fruncido, sabe que esa reacción ha sido porque algo me ha molestado.

Sin decir nada a mis acompañantes me levanto y voy a la barra. Me pido otra copa y me da igual emborracharme, aunque no soy de hacerlo. No me apetece ir a bailar ni volver a sentarme, así que me quedo en la barra yo sola mientras me sigo tomando mi bebida.

— ¿Cuántas llevas? — maldita voz que me lleva persiguiendo desde que la conozco.

— Las que a ti no te interesan.

— Creo que ya estás un poco borracha.

— No estoy borracha, esas respuestas te las doy igual sin haber bebido nada.

— Apestas a alcohol.

— No me huelas.

Cojo mi copa y le doy la espalda a Aidan. En ese momento aparece Ian, me da una palmada en el trasero y se pide otra copa. Tal como ha llegado se ha ido.

— ¿Podemos hablar?

— Fuera, necesito salir un poco de aquí.

Aidan no dice más y me acompaña hasta la salida de la discoteca. El aire fresco me reconforta enseguida y me hace notar que un poco borracha sí que estoy, pero nada serio. Se me pasará pronto.

— ¿Por qué no me habías dicho que tenías novio?

— La manía que tienes en meterte en mi vida me empieza a preocupar.

— Contéstame a la pregunta.

— ¡No me des órdenes! — sé que he alzado la voz, sé lo poco que le gusta a Aidan que lo haga, y se le nota aún más cuando frunce el ceño y me coge de la muñeca.

— Arianna, relájate un poco, estás borracha.

— Solo estoy un poco contenta.

— Vamos a quedarnos un poco aquí hasta que se te pase.

Nos sentamos en un banquito que hay al lado de la discoteca. Hace un poco de frio para ir como voy y me estremezco casi sin darme cuenta.

— No llevo americana, sino te la dejaría. Aunque te vendría de vestido largo— me río del comentario y él se ríe conmigo.

— No pasa nada, así igual me constipo, tengo la baja y no me toca verte la cara en unos cuantos días.

— ¿Por qué eres así conmigo?

— Porque eres desesperante.

Aidan se calla y mira al infinito, yo también hago lo mismo. Durante dos minutos nos mantenemos así en el silencio de la noche. Noto como el alcohol va desapareciendo de mi cuerpo y ya tengo la mente más lucida.

— ¿Me vas a contestar a la pregunta que te he hecho antes?

— Ian no es mi novio, es mi mejor amigo.

— ¿Y te besas con él y le dejas que te toque el culo?

— Sí, no hay problema.

— Qué liberal eres— y no sé por qué, pero muestra una sonrisa pícara, como si esa idea le hubiera gustado.

— Ian es gay.

— ¡Ah! Ya lo entiendo todo.

— Y no soy nada liberal, si alguien me toca debe ser especial para mí.

— ¿Alguien te ha tocado alguna vez?

— No creo que te interese.

— Créeme que me interesa.

Le miro a los ojos y me arrepiento de haberlo hecho. Aparto la mirada y me levanto del banco.

— ¿A dónde vas?

— A caminar un poco para que me baje todo.

Aidan se pone a mi lado y me rodea la cintura con su brazo, ese mero tacto arranca una descarga eléctrica en mi cuerpo. Necesito recuperar mi espacio para pensar con claridad. Es tocarme y mi mente parece bloquearse.

— No me toques.

— Solo te daba calor para que no tuvieras frío—Aidan retira el brazo y lo echo de menos al instante.

— Estoy bien.

— Genial, luego no te quejes de que no soy amable.

— Puedes ser amable sin tocarme.

— Ni que pasara nada por tocarte.

— Ya sé que tú lo haces muy a la ligera eso.

— ¿Qué? —la cara de Aidan es un poema ante mi comentario.

— Te he visto con Lisa.

— Somos amigos.

— Bastante amigos.

— ¿Por eso estas así de arisca conmigo?

— Siempre estoy arisca contigo.

— En tu casa estabas muy bien.

— Era otra situación.

Parece que estoy consiguiendo desesperar a Aidan porque se para en seco y se da la vuelta. Yo también me paro porque en realidad no quiero que se vaya.

— ¿Dónde vas tú ahora?

— Me vuelvo a la discoteca.

— ¿Por qué?

— Por una vez que intento ser amable contigo te comportas como una niña.

— ¿Y me vas a dejar aquí tirada?

— ¿Vas a seguir comportándote así?

— No quiero que te vayas—digo esas palabras mirando el suelo porque no soy capaz de decírselas mirándole a la cara. Escucho como se me acerca y me pone las manos en los hombros. Otra descarga.

— No me voy a ir, pero deja que te dé un poco de calor, estás congelada.

Aidan se acerca más a mí y me abraza. Y yo me siento bien entre sus brazos. Protegida como hace meses que no lo estoy por mi padre. Y ante tal pensamiento, mis lágrimas se derraman mojando la camisa blanca de mi acompañante, que, al sentirlas, me abraza más fuerte.


Capítulo 15

Caída libre

Aidan y yo nos hemos sentado en un bordillo después de haber estado cinco minutos abrazados mientras lloraba. Cuando quiere es un chico del que podría enamorarme, pero su carácter arrogante me echa mucho para atrás.

Apoyada con la cabeza en su hombro, Aidan me acaricia con su mano un brazo, y nos mantenemos en un silencio cómodo, de los que no se consiguen con cualquiera. Las descargas aparecen en mi cuerpo cada vez que sube y baja el brazo. Tengo ganas de levantar la cara y de besarlo, pero sé que será el principio del fin. No me puedo enamorar de él, chocamos demasiado y no creo que los escasos momentos buenos que tenemos valgan para olvidar todo lo malo.

— Gracias de verdad, Aidan. No tendrías por qué aguantar mis berrinches.

— La mayoría de las veces que estamos juntos, o reñimos o lloras— sonríe.

— Esto es una relación tóxica— sé que no debería haberlo dicho, pero es mi pensamiento, es en lo que se convertirá nuestra amistad, en algo toxico que nos hará daño a los dos.

— No es una relación tóxica, solo somos diferentes al resto, decimos lo que pensamos y la sinceridad no está bien vista.

— Pero yo no quiero estar discutiendo todo el día. No vale la pena.

— ¿No merece la pena que esté en tu vida?

Aidan para de acariciarme el brazo y se aparta un poco, me mira a los ojos a la espera de una respuesta.

— A veces sí, y a veces no.

— Explícate.

— No me gusta tu arrogancia, no me gusta que seas un entrometido, no me gusta que pienses que puedes mandarme y que yo te haga caso…

— ¿Por qué no dejas de decir lo que no te gusta y dices lo que te gusta?

— No me gusta nada.

— Pues a mí me gusta tu carácter, aunque a veces me entran ganas de mandarte a la mierda y no hablarte más. Pero cuando me respondes ingeniosamente me haces gracia y haces que quiera seguir conociéndote.

Nos miramos directamente a los ojos, aún no conozco lo suficiente a Aidan para saber si lo que dice es verdad o no. Algo en mi me dice que me aparte de él, que no es bueno para mí. Que acabaremos destruyéndonos entre los dos. Otra parte de mi confía en Aidan, en sus palabras, y sus intenciones de llevarnos medianamente bien.

Se acerca y me toca con su mano la mejilla. Sus impresionantes ojos verdes me hipnotizan y las descargas eléctricas abrasan mi cuerpo. Sé lo que va a hacer. Arianna no dejes que lo haga, apártate. No puedo caer en sus redes, no quiero que me hagan más daño, aunque solo sean con palabras. Aidan está peligrosamente cerca de mi boca, pero consigo mandarle señales a mi cerebro para que aparte la boca y deje el beso en la mejilla.

— Volvamos a la discoteca— me pongo en pie y Aidan me sigue inmediatamente.

— No debo ser lo suficientemente especial para ti.

— Especial eres un rato…—sonrío para quitarle hierro al asunto y Aidan corresponde mi sonrisa. Eso me tranquiliza, no quiero discutir más a pesar de la cobra que le he hecho.

En menos de diez minutos volvemos a entrar en la discoteca y nuestros caminos se separan. Busco a mis amigos que deben estar perdidos por la sala VIP. No tengo muchas ganas de fiesta después de lo que ha pasado, así que probablemente me despida y me vaya. Encuentro en los sillones de antes a Nathan y a Anna. Me acerco a ellos y me siento.

— ¿Dónde estabas? Te has ido un buen rato, estaba preocupado.

— Tranquilo, estaba hablando con mi jefe.

— ¿Ha pasado algo? Se te ha corrido un poco el maquillaje.

— Nada con importancia, pero no tengo ganas de estar aquí. Me voy a ir.

— ¿Ya? ¡Si solo son las dos, esto no ha hecho más que empezar! — Anna está borracha, no tengo la menor duda. Se levanta y se pone a dar vueltas sobre ella misma.

— Anna, estás muy borracha. Tú también deberías irte.

— ¡¿Qué dices?! Estoy genial.

— ¿Dónde están los demás?

— Ian y Eric se han ido. Palabras textuales de Ian: Nos ha entrado el calentón y vamos a mi casa a remediarlo, si conseguimos desengancharnos pronto, volvemos.

— No hacía falta que fueras tan explícito—muevo las manos expresando mi incomodidad.

— Pues imagínate con qué cara me he quedado yo.

— ¿Y las otras chicas?

— Lo último que sé de ellas es que se estaban liando con los chicos de fuera, antes he salido a ver si las encontraba y ni rastro.

— Habrán cogido la misma idea que Ian.

— Seguro.

Menuda fiesta si todos han acabado yéndose sin ni siquiera esperarme a mí. No me sienta muy bien todo esto y tengo aún más ganas de volver a mi casa.

— Nathan…

— ¿Qué pasa?

— Estoy un poco mareada…—dicho esto, Anna se dobla sobre sí misma y empieza a vomitar. Lo que faltaba para mejorar la noche. Me levanto para avisar al camarero de lo que ha pasado, enseguida viene a limpiarlo y la fiesta continúa. No ha parecido que nadie se haya dado cuenta.

— Acompáñala a casa, Nathan. No está bien.

— No te voy a dejar aquí sola.

— No, yo me iré a casa también.

— Vamos todos juntos.

— Anna vive a la otra punta, acompáñala y ya está. Cogeré un taxi y enseguida podré estar en mi cama.

— ¿Estás segura?

— Sí.

— Vale, nos vemos luego en casa— me da un beso en la mejilla, Anna se despide de mí también, y desaparecen.

Me quedo dos minutos más sentada observando a Aidan. Se está riendo con un señor que no he visto en mi vida. Y me sale una sonrisa al pensar que no está con Lisa. Presiento que a partir de ahora el trabajo será un poco más tenso por mi parte. Aidan se ríe a carcajadas, y yo me enamoro de esa sonrisa. Me declaro su fan. Aparto la mirada porque estoy pensando demasiado en mi jefe y no debería. ¿Por qué ha tenido que entrar en mi vida alguien como él? Con lo bien que estaba yo sola sin quebraderos de cabeza.

Decido que ya es hora de irme y dejar de observar como el que no quiere la cosa a mi superior. Me levanto e intento hacerme paso entre la multitud, me paro un momento en la barra para que me den una botella de agua y prosigo mi camino. Cuando estoy esperando mi turno para que me devuelvan mis cosas del guardarropa, una mano me toca el hombro. Y ya reconozco ese tacto, tanto como su voz.

— ¿Te han dejado sola?

— No, bueno, no todos.

— ¿Qué ha pasado?

— Que no debería haber salido, eso es lo que ha pasado. Ha sido mi idea la de salir y lo único que han hecho mis amigos es dejarme tirada cuando me he ido media hora. Cuando he vuelto solo he encontrado a mi hermano y Anna, que menos mal que mi hermano se preocupa algo por mí, aunque se haya tenido que ir a acompañar a casa a Anna.

— ¿Quieres irte a casa?

— Por algo estoy esperando mis cosas.

En ese momento el chico del guardarropa me devuelve mi chaqueta y mi bolso. Y me encamino a salir por la puerta, Aidan me persigue, aunque no sé por qué.

— ¿Qué haces?

— Llevarte a casa, vamos.

— No hace falta de verdad…con un taxi llego en nada.

— A mí tampoco me cuesta nada llevarte.

— Gracias.

Sigo a Aidan hasta llegar a su cochazo. Me siento en la parte del copiloto y enseguida la presencia de Aidan me reconforta. Arranca el coche y salimos disparados hacia mi casa. Veo como enchufa la calefacción, estos gestos hacen que dude seriamente de que sea buena persona.

No quiero pensar eso y abro mi bolso para coger mi móvil. Cuando lo desbloqueo me quedo asombrada ante lo que veo.

— ¿Me has llamado cinco veces en menos de media hora?

— Sí, no me cogías el teléfono.

— Estaba en el guardarropa. ¿Cómo lo iba a coger?

— No lo sabía.

— ¿Qué querías?

— Verte.

— ¿Por qué?

— Porque me gusta estar contigo.

— ¿Por qué?

— Todos los días son diferentes con alguien como tú, no sé cómo te pillaré y me gusta descubrirlo.

Niego con la cabeza pensando que este chico es desesperante, aunque al fin y al cabo tengo una sonrisa en la boca ante sus palabras. Enseguida llegamos a mi casa y Aidan se para enfrente de mi portal. En ese momento la puerta se abre y aparece una señora que conozco demasiado bien. Un hombre la acompaña y le da un beso en la boca como despedida. Aparto la mirada directamente. No quiero ver eso, no quiero ver como mi madre se besa con otro hombre que no sea mi padre. Que no me haya dicho nada.

Me miro las manos para intentar olvidar lo que acabo de ver. Aidan se mantiene callado porque también lo ha visto, ha observado mi reacción y ya ha aprendido a callarse cuando me pongo así. Las lágrimas empiezan a brotar otra vez en mis ojos, y odio ser tan llorona, odio ser tan llorona delante de Aidan. Pero lo que acabo de ver me ha dolido en el alma, mi madre está traicionando a mi padre pocos meses después de que muriera. Y eso me hace pensar que se conocen de antes, que mi madre conocía de hace tiempo a ese hombre con el que se ha besado.

Estoy tan metida en mis pensamientos que ni siquiera me doy cuenta de que Aidan ha vuelto a arrancar el coche y ya no veo mi portal.

— ¿Por qué nos vamos?

— Porque sé que no quieres estar ahora mismo con tu madre.

— ¿Cómo sabes lo que pienso si apenas me conoces?

— Eres muy transparente para algunas cosas, Arianna.

Y me deshago cuando pronuncia bien mi nombre, que solo lo dice en los momentos delicados. Y adoro que sepa cuando es un momento delicado sin tener que decírselo. Y adoro al Aidan de ahora mismo, el que cuadraría conmigo, pero no puedo olvidar que esto solo es un rato y que luego aparecen los verdaderos caracteres de los dos.

— ¿A dónde me llevas?

— A mi casa.


Capítulo 16

Conexión

Unos quince minutos en coche y llegamos al apartamento de Aidan. Ya he conseguido calmarme un poco, pero la imagen que acabo de ver vuelve a mi mente con intención de quedarse ahí permanentemente.

Aidan ha intentado distraerme durante todo el trayecto hasta su casa, cuando quiere es un hablador y no calla nunca, no sé si es así o por qué está nervioso y dice las cosas sin pensar. La situación de estar en la misma casa que él durante una noche me remueve el estómago.

Un montón de sentimientos encontrados brotan en mí. Por una parte, vuelvo a pensar que no debo caer en sus redes, que no me deje engañar porque ahora estamos muy bien, todo volverá a la normalidad y volveremos a ser dos imbéciles que se han juntado para no aguantarse.

Por la otra parte, pienso que a pesar de todo lo que ha ocurrido esta noche, Aidan ha sido la mejor parte sin duda, siento que a veces le importo de verdad y que en serio le gusta disfrutar de mi presencia.

Aparca el coche en el garaje y nos bajamos. Nos encaminamos al ascensor que nos lleva hasta la segunda planta. Ahí, Aidan saca sus llaves de un bolsillo de su pantalón y abre la puerta. Entramos y observo lo que hay. Es un apartamento pequeño, amueblado con simples cosas. No me imaginaba que la casa de Aidan fuera así, él es tan arrogante, tan crecidito que pensaba que tendría un hogar acorde con sus condiciones económicas, pero es un apartamento normal y corriente. Sin mucho que destacar.

Le sigo hasta llegar a la cocina, abre la nevera y saca una botella de agua, coge dos vasos, los llena y me da uno. Yo lo acepto de buen grado, mi garganta está seca y el agua me sabe cómo un delicioso manjar.

— ¿Tienes hambre?

— Según de qué—juro que no quería decir esa frase para malpensar, pero la cara de Aidan muestra una sonrisa arrogante y pícara que me hace pensar que ha sido exactamente eso lo que ha pensado.

— ¿Y de que tiene hambre la señorita? — deja de beber del vaso, y se acerca peligrosamente a mí con su sonrisa burlona.

— Algo con chocolate, es mi vicio.

— Yo me sé otras cosas con chocolate que te gustarían más.

— ¿Ah sí?

— ¿Quieres probarlo?

Y esa pregunta tan tentadora en su voz despierta un fuego dentro de mí. Cansada de luchar contra mí misma, decido que no me quiero engañar más, que tengo que aceptar que ese chico es especial para mí desde el momento que abrí la cortina del probador de aquella dichosa tienda.

— Claro— Aidan sonríe ante mi respuesta. Se aleja y abre una estantería. Coge un bote de chocolate y se vuelve a acercar.

— Ven.

Sin más le cojo la mano que me tiende y le acompaño. No caminamos más de tres pasos hasta llegar a la encimera de la cocina, me coge por la cintura y me sube a ella. El fuego se desata más ante aquel contacto y no me quiero ni imaginar lo que viene ahora. Aidan se hace hueco entre mis piernas, abre el bote de chocolate y coge un poco con el dedo.

— ¿Te apetece?

Lo que me apetece en este mismo momento no es el dichoso chocolate para ser exactos. Pero como una tonta, asiento sin poder articular palabra. Aidan se acerca el dedo al cuello y se lo mancha. Una fina línea de chocolate desentona en su precioso cuello. Aquel gesto me enciende aún más si eso podía ser posible.

— Pruébalo.

Los dos sonreímos y yo me acerco a su cuello. Inspiro el perfecto aroma que desprende, y su olor se convierte en mi esencia favorita. Primero le doy un ligero beso para luego recorrer el sendero de chocolate con mi lengua.  Cuando termino le miro directamente a los ojos y me lamo el labio superior, esto enciende a Aidan, lo noto en sus ojos que me escrutan sin descaro y pega su cuerpo aún más al mío.

— Ahora me toca a mí.

Meto el dedo en el chocolate y me lo paso también por el cuello, tanto por la izquierda como por la derecha. Aidan sigue el recorrido de mi dedo sin apartar la mirada. Cuando termino no me hace falta decirle nada para que comience su trabajo. Sentir su lengua en mi cuello es una de las mejores sensaciones que he sentido nunca. Mi cuerpo arde por la necesidad de tenerlo, mi temperatura aumenta conforme la lengua de Aidan sigue su recorrido. Lo hace tortuosamente lento y prometo que me podría haber corrido en ese mismo momento. Cuando termina de lamer el chocolate me arrepiento de no haberme puesto todo el bote y de haberlo tenido a él pegado toda la noche.

— ¿Te gusta el juego?

— Está bien, aunque me gustan más otras cosas— mentía, ese juego era el éxtasis del placer con alguien como Aidan.

— Todo a su tiempo, Ariadna.

Y no me había dado cuenta antes de lo que me pone que me llame así. Me vuelve a decir ese nombre y me lo follo ahí mismo. Sin más. Quería sentirlo dentro de mí con unas ansias que hacían daño.

Aidan vuelve a coger un poco de chocolate y se pinta la boca, yo me muerdo el labio y espero ansiosa a que termine.

— A ver si ahora no te apartas.

Y no hace falta que diga nada más para que me acerque. Paso mi lengua por su boca eliminando todo rastro de chocolate. Lo hago lentamente, necesito disfrutar de esos labios el mayor tiempo posible. Cuando termino con todo el chocolate me niego a apartarme. Acerco mis labios a los de él y siento que me quedaría así toda la vida, que tengo una conexión especial con Aidan. Que nuestros caminos se han juntado para algo.

Aidan enseguida responde al beso, me coge por la cintura, me sube encima de él y me estampa contra una pared. El beso se vuelve cada vez más intenso, nuestras lenguas juegan la una con la otra como si lo llevaran haciendo toda la vida. Necesito más, necesito lo máximo que este chico pueda darme.

En el momento en que separa su boca para tomar un poco de aire, no le dejo ni un segundo de respiración, le cojo de la nuca y le vuelvo a acercar a mi boca. Mi lengua pide urgente a la suya, se vuelven a entrelazar y yo disfruto con ese placer tan delicioso que es su boca.

Él decide que ya es hora de moverse de aquella pared y me lleva hasta la habitación. Me lanza contra la cama, se pone encima de mí y empieza a darme besos por el cuello. Tengo fácil acceso a los botones de su camisa, que empiezo a desabrochar sin pedir permiso. Aidan me mira y sonríe para continuar jugando con mi boca. Me muerde y suelto un gruñido. Puedo notar su sonrisa pegada a la mía justo en ese momento.

Consigo quitarle la camiseta que lanzo a alguna parte de la habitación. Él se incorpora y se sienta encima de mí. Puedo observar el perfecto cuerpo que tiene, cada abdominal que se marca perfectamente en su lugar. Sus expertas manos empiezan a quitarme la blusa, que también lanza, dejando al descubierto un sujetador de encaje negro. Acaricia mis pechos y saca uno con gracia del sujetador, se acerca a él y me vuelvo loca al sentir su lengua jugar con mi pezón. Me retuerzo de placer ante aquella sensación.

Empieza a molestarle el sujetador, que desabrocha sin ningún problema. Mis tetas quedan al aire, tengo los pezones duros ante tanto contacto físico con aquel hombre. Decido que quiero tomar yo las riendas de la situación y le empujo para que él se ponga debajo. Me siento encima de él y puedo notar su enorme erección deseando salir de su encierro. Eso me pone más cachonda todavía, me acerco a su boca mientras con la mano voy explorando los lugares más recónditos de Aidan.

Encuentro un botón del pantalón que desabrocho en cuestión de segundos, meto mi mano por el hueco y siento el calor que desprende. Acaricio su erección, que responde enseguida al gesto poniéndose aún más dura. Me separo de él y empiezo a quitarle el pantalón y los calzoncillos, cuando lo consigo me enamoro de la estampa que estoy viendo. Aidan me da la mano para que vuelva a subir hacia su boca y me vuelve a besar.

Ahora soy yo la que está debajo de él, y está haciendo lo mismo que he hecho yo hace un minuto. Toda mi ropa desaparece y me quedo completamente desnuda ante él. No sé por qué no tengo ni la más mínima vergüenza, no siento pudor alguno con aquel chico.

Aidan trepa hacia mí y me da un ligero beso. Se pone de lado para que yo también lo haga y entrelaza sus piernas desnudas con las mías. Vuelve a acercarse para darme un beso ardiente que pide a gritos que continuemos. Su mano empieza a recorrer mi piel hasta llegar a mi punto más sensible. Se hace hueco con la mano entre mis piernas y empieza a trazar círculos alrededor de mi clítoris. Gimo con su boca pegada a la mía.

Acelera el ritmo y yo me pierdo entre mil sensaciones. Cuando estoy a punto de correrme para en seco. Me sonríe y deja de hacer lo que estaba haciendo. Me resigno y acerco mi sexo a su mano para que siga. Él me coge la mano y me guía hasta su erección, que cojo sin ningún reparo y empezó a mover de arriba abajo. Él sigue con lo que estaba haciendo, aunque ahora introduce un dedo dentro de mí. Madre mía. Mi cuerpo hacía tiempo que no tenía este mundo de sensaciones.

No quiero correrme así, no quiero que él se corra así. Quiero que me folle. Que me meta la polla dentro de mí ahora mismo. Dejo de mover la mano, y aparto la suya, él se queda sorprendido ante mi reacción.

— Fóllame—le susurro al oído.

De sus ojos saltan chispas, como si hubiera estado esperando todo el rato a que yo dijera esas palabras. Busca un preservativo en la mesita, se lo pone y se coloca encima de mí, me abre las piernas con sus piernas, se coloca bien y acompaña su erección hasta hacerla entrar entera dentro de mí.

— Joder…

— ¿Qué pasa, Ariadna? — una descarga sacude mi cuerpo de manera explosiva. Sé que estoy a punto de acabar, Aidan ya me ha dejado demasiado a punto y no tardaré mucho.

— Nada…más rápido.

Aidan hace caso a mi petición y acelera el ritmo. Noto como su erección entra en el fondo y vuelve a salir, entra y sale a un ritmo frenético. Este placer inmenso no lo cambio por nada, gimo, Aidan gime porque está a punto de explotar.

— Córrete conmigo…—cualquier petición de Aidan ahora mismo es una delicia para mis oídos.

Le cojo la mano y la guio hasta llegar a mi sexo. Él entiende perfectamente lo que tiene que hacer y empieza a trazar mis queridos círculos mientras sigue entrando y saliendo de mí, cada vez más rápido. Noto que me falta la respiración, que este momento de placer tan fuerte no lo había vivido nunca. Me acerco a su boca y profundizo un beso que exige que terminemos ya. Aidan entra y sale dos veces más hasta que noto como se deja llevar, llegando al final.

— Ariadna…—susurra Aidan, y solo me falta esa palabra para correrme yo también.


 

Capítulo 17

Vicio

Con las respiraciones todavía entrecortadas, Aidan y yo intentamos recomponernos. Con su brazo rodeando mi cuello, y mi cabeza apoyada en su pecho, él traza líneas a lo largo de mi espalda. Cierro los ojos y me dejo llevar por esa sensación tan encantadora.

— Pobretona, esto se te da bien.

— No me llames así.

— Ariadna ¿mejor? — sonrío pegada a su pecho.

— A ti también se te da bien.

— ¿Lo dudabas? — no lo veo, pero sé que muestra una de sus sonrisas arrogantes. Por favor que no empiece en ese plan y lo estropee todo en un minuto.

Me aparto de él y me levanto de la cama. Quedo expuesta con toda mi desnudez frente a él, que se muerde el labio y me coge la mano para que vuelva a la cama. Me niego y salgo de la habitación. Aidan me persigue.

— ¿Qué buscas?

— El baño, necesito ducharme.

— Me parece bien, lo hacemos juntos— se acerca a mí y me coge por detrás la cintura dándome ligeros besos por el cuello. Me vuelvo a encender y noto en mi espalda que él también. Nos acercamos caminando juntos hacia el cuarto de baño.

Encuentro una bañera enorme donde los dos tendremos sitio perfectamente. Me llama la atención que la casa no sea gran cosa, pero el cuarto de baño está equipado perfectamente.

— ¿Ducha o baño? —Aidan me susurra en el oído y me estremezco. Me acerco al grifo y lo abro directamente dejando claro lo que quiero.

Me giro para verlo de cara y me abalanzo sobre él. Me atrapa enseguida y me sube en su cintura, nuestras bocas se encuentran y empiezan los besos apasionados que ya tan bien conocemos. Sus manos se entretienen tocándome el culo, mientras yo le cojo del cuello para acercarlo aún más a mí. Siento como se va calentando por segundos y como yo necesito volver a tenerlo dentro.

Escuchamos como el agua se desborda, Aidan me baja y se precipita a apagar el grifo. Le echa un jabón con olor a lavanda y se mete, cuando está dentro me invita a que me meta con él tendiéndome la mano. El calor del agua me relaja completamente, aunque siento un gran sofoco. El calor de Aidan más el del baño es un cóctel explosivo. Me coloco sentada entre sus piernas y noto su erección otra vez dispuesta a jugar conmigo. Por ahora decidimos ignorarla y nos relajamos un poco, nos permitimos cerrar los ojos mientras Aidan me abraza por detrás.

Estamos en silencio durante cinco minutos hasta que me canso de estar tan calmada y me empieza a entrar sueño. No me quiero dormir, todavía no. Me giro y me siento encima de Aidan, su erección reacciona enseguida al roce de mi sexo al sentarme. Acerco mi boca a la de él y le doy el beso más apasionado y caliente que me sale desde que estamos juntos. Reacciona enseguida pegándome aún más en su cuerpo. Me encantan estas sensaciones que me está dando hoy. Me levanto un poco, agarro su erección con la mano y la encamino dentro de mí. Tomo la píldora, ¿qué importa que lo hagamos sin nada? Claramente me dejo llevar por la emoción del momento, sin pensar en las mil enfermedades que puedo pillar de alguien que no conozco de nada.

Al sentirla al fondo los dos gemimos. Nos mantenemos sin movernos un rato, solo sintiendo como me llena soy feliz. Él pone las manos en la cintura y me invita a menearme. Empiezo a subir y bajar lentamente. Nos miramos a los ojos mientras lo hacemos, se acerca a mi boca y la muerde, yo lanzo otro gemido, y aumento un poco el ritmo.

— Eres una tortura, Ariadna— susurra pegado a mi cuello.

— ¿Por qué?

— ¿Te parece normal torturarme yendo tan lento?

— Es mi pequeña venganza porque seas un gilipollas.

— Estas venganzas te las puedes cobrar las veces que quieras.

— Tomo nota.

Atrapo su lengua y jugueteo con ella mientras comienzo un ritmo desenfrenado de movimiento. Siento que a Aidan le gusta ese ritmo y empieza a faltarle la respiración tanto como a mí. El agua de la bañera sale disparada por el suelo, pero nos da igual. Nosotros estamos sumidos en un perfecto sueño del que no me quiero despertar. Decido que ya es hora de acabar, me pego aún más a él para que su erección llegue bien al fondo y con cuatro sacudidas más, nos corremos con un grito ahogado por nuestras bocas que se unen.

Me meneo para que salga de dentro de mí, y me tumbo encima de él abrazándole del cuello y dándole un ligero beso en la boca.

— No me imaginaba que fueras así.

— ¿Pensabas que era una santa?

— Sí, ni me imaginaba que tenías estas dotes.

— Nunca confías en mí para nada.

— Es que no se te ve muy capacitada para hacer muchas cosas.

— Gracias.

La sonrisa arrogante de Aidan vuelve a aparecer, pero esta vez sé que está de broma, que solo intenta picarme. Me coge la cara y me da un delicado beso en la boca. Nos levantamos de la bañera, quitamos el tapón para que se vacíe y nos envolvemos en una toalla cada uno. Cuando pasamos por el comedor para llegar a la habitación cojo el bolso que llevaba antes conmigo. Saco el móvil y miro que son las cuatro de la madrugada. Mañana todos sabremos quién parecerá un zombi. Caigo en la cuenta de que no he avisado a mi hermano de nada, y debe estar que se sube por las paredes.

Aidan me mira cuando tecleo algo en el móvil y me lo acerco a la oreja. No debe entender muy bien a quién estoy llamando a estas horas de la madrugada. El móvil de mi hermano da tres tonos y enseguida escucho su voz.

— ¿Qué pasa, Arianna?

— ¿Dónde estás?

— En casa de Anna.

— ¿Aún? Hace dos horas que os habíais ido.

— Está muy mareada y no para de vomitar, no le voy a dejar sola.

— Ah vale, dale una ducha de agua fría.

— Sí, eso haré ahora. ¿Tú ya estás en casa?

— Al final no dormiré en casa.

— ¿Y eso?

— Mañana te cuento, tengo algo importante que decirte.

— ¿Es algo malo?

— Hablamos mañana, Nathan. Un beso.

Le cuelgo sin darle pie a una respuesta. No quiero volver al mismo tema de mi madre otra vez. He conseguido dejarlo un poco apartado con Aidan, y quiero seguir así lo que queda de noche.

— Menos mal que he cogido el móvil, no me acordaba que no había avisado de que no iba a dormir en casa.

— ¿Con veintidós años aún te controlan eso?

— No, pero se preocupan por mí si no aparezco.

— Qué tierno.

— Es lo que suele hacer la gente cuando quiere a alguien.

— Supongo.

Aidan se quita la toalla y me quedo observándolo. No creo que sea un chico que se deje querer fácilmente, detrás de esas pintas de chulito prepotente debe haber un corazón. Pero debe ser imposible llegar ahí sin salir antes lastimado. Es como si tuviera una valla electrificada que le envolviera, y si te acercas mucho a esa zona te pega una descarga que te hace alejarte y no querer volver a acercarte.

Se pone unos pantalones de pijama sin nada debajo, ni arriba. Mi mente perversa juguetea con esa imagen, pero estoy tan cansada por el día de hoy que el sueño comienza a hacerse hueco en mí.

Mi apuesto acompañante se acerca al armario y quita una camiseta blanca. Se acerca a mí y me besa en la boca. Me coge la toalla y la desenvuelve dejándome completamente desnuda. Acerca la camiseta que ha cogido y me la coloca. Me viene bastante grande y Aidan sonríe ante lo que ve.

— Estás muy sexy así.

— Me viene grande.

— Como nuestro querido vestido rojo y eso no quiere decir que no me entran ganas de follarte cuando te lo veo puesto— se acerca y me atrapa con su boca. Me empuja a la cama y se coloca encima. Vuelve al ataque con más besitos por todas partes. Este chico es insaciable y yo ya no tengo fuerzas. El sueño se apodera de mí—. Vamos a dormir, pequeña, hoy te has portado muy bien—me da un último beso en los labios, nos colocamos para dormir y a los pocos minutos, los dos caemos en un profundo sueño del que no debería haberme despertado.


Capítulo 18

Colisión entre dos mundos

Me remuevo en la cama y maldigo a la luz tan potente que está entrando a través de las cortinas. Abro los ojos y automáticamente los cierro, me duelen los ojos ante tanta luz. Poco a poco me voy acostumbrando y consigo mantenerlos abiertos.

Giro mi cuerpo para toparme con el de Aidan, que sigue dormido tranquilamente mirando hacia donde estoy yo. Me acerco a él y le doy un beso corto en los labios. Él ni se inmuta, me levanto de la cama y voy hacia el cuarto de baño.

Abro el grifo y me lavo la cara, estoy hecha un desastre. Todo el maquillaje está fuera de su lugar, intento arreglarme un poco a duras penas. Peino un poco mi pelo y me hago una coleta alta, ya estoy algo más presentable pero poco más. Salgo del baño y me voy a la cocina, cojo una botella de agua y empiezo a beber. Mientras bebo, observo que hay una puerta justo enfrente de mí, no me había dado cuenta de que había otra habitación.

Con mi curiosidad innata me acerco a ella e intento abrirla. No puedo y observo como en el picaporte hay una ranura para una llave. Qué extraño. ¿Quién cierra una habitación en su propia casa? Busco las llaves de Aidan que dejó en el aparador de la entrada cuando llegamos por la noche. Las cojo y sé que no debería, pero la curiosidad me puede. Pruebo con todas las llaves que hay, y la de color azul es la que encaja a la perfección y hace que se abra la puerta.

Cuando entro me sorprendo de lo que encuentro. Las paredes están llenas de unas pizarras blancas con mil cosas escritas, en medio una mesa con un ordenador y unos cuantos panfletos de a saber qué. Dejo las llaves y el agua encima de la mesa y me acerco a las pizarras, y tal y como veo lo que hay escrito en ellas me arrepiento terriblemente de haber sido tan curiosa.

En las pizarras hay como una especie de horario mensual, cada día el nombre de una chica y su teléfono aparecen escritos en ella. Parece una agenda de citas muy bien organizada. Recorro los nombres uno por uno y me doy cuenta de que todos los sábados el mismo nombre aparece: Lisa.

Tal como leo eso mi mundo se destruye. Mi corazón estalla y me quiero ir de ahí. ¿Lisa? Aidan está con Lisa de verdad…me mintió ayer…no solo son amigos. Aunque tampoco deben ser pareja, solo se la tirará, como ha hecho conmigo, y como hace con todas las chicas que tiene perfectamente ordenadas en su maldita pizarra.

Me giro y cojo un panfleto que hay encima de la mesa, y si la pizarra me ha sorprendido, lo que leo en la hoja hace que esté a punto de desmayarme. Es como una invitación a una “fiesta” que se celebra en la casa de la cual no había oído hablar en mi vida. Sinceramente, me suena a casa de putas.

Enciendo el ordenador y busco corriendo en Google qué se hace en esa casa, y las sorpresas no paran de aparecer. Empiezo a leer…tríos, orgías, voyeur, intercambio de parejas…no quiero leer más y me aparto de ese cacharro.

¿En serio le gusta todo esto a Aidan? Estar cada día acostándose con una o con más de una a la vez…Es un maldito infiel. Lo que le faltaba para aumentar mi parte que le odia por ser un gilipollas.

¿Cómo me ha utilizado de esa manera? Él sabía perfectamente que para mí es especial al haberme dejado follar por la noche, y va y para él todo era un juego. Una parte más del mundo al que él pertenece y yo no quiero formar parte.

Me siento extremadamente utilizada y dolida. Empezaba a confiar en Aidan, en que de verdad estaba interesado en mí y resulta que solo soy una más de su enorme lista de contactos.

Presa de mi enfado, empiezo a borrar todos los nombres de las chicas y los teléfonos con la mano, me da igual ensuciarme, me da igual todo. Me giro y rasgo todos los panfletos y esparzo los papeles por toda la habitación. Y aunque yo no suelo comportarme de esta manera, cojo la botella de agua y la vacío encima del ordenador.

Salgo de esa habitación maldita y dejo las llaves colgadas del picaporte. Me da igual que se entere de que he entrado, me da igual él, yo solo quiero irme de aquí y no saber nada más en mi vida de ese chico.

Entro disimuladamente en la habitación y mi odio hacia él aumenta cuando lo veo. Las lágrimas empiezan a brotar y a caerse por mis mejillas. Me niego a que se despierte y pretenda hablarme. Cojo toda mi ropa y mi teléfono. Salgo de la habitación y me cambio a toda prisa, dejo su camiseta encima del sofá y salgo por la puerta sin más.

En el ascensor dejo que mis lágrimas broten sin control alguno. Salgo del edificio y me encamino hacia mi casa. Tampoco es que sea un plan que me apasione, no quiero encontrarme con mi madre, pero quiero cambiarme de ropa, no puedo ir así todo el día.

Me doy cuenta de que estoy demasiado lejos de mi casa para ir caminando con tacones, así que decido llamar a un taxi. Cojo el móvil y me fijo en que son las doce y media del mediodía, por eso había tanto sol. Llamo al taxi y a los cinco minutos lo tengo enfrente de mí. Me subo y le digo la dirección donde quiero que me lleve.

En quince minutos llego al portal de mi casa, abro y me subo al ascensor. Cuando llego a mi propia casa me siento mejor. Mi madre no está por ningún sitio así que puedo estar tranquila. Me encamino hacía mi armario, me coloco unos vaqueros y una camiseta holgada y ya me siento yo misma.

Escucho como la puerta de la habitación de mi hermano se abre, y a los pocos segundos lo tengo plantado en mi cuarto. Le miro y enseguida entiende que me pasa algo, se aproxima a mí y me abraza. No dice nada, sabe cuándo no quiero hablar del tema, se mantiene pegado a mí hasta que se me pasa un poco el berrinche.

— Siéntate, tenemos que hablar.

— Me estás dando miedo, Arianna.

— ¿Sabías que mamá se está viendo con un hombre?

— ¿Qué?

— Ayer cuando volví me encontré a mamá besándose con un hombre en el portal.

— ¿En serio?

— Sí, y tengo la ligera sospecha de que no conoce a ese hombre de hace poco.

— No…no puede ser…

— Mamá engañó a papá, Nathan.

— No, eso es imposible.

— Estoy casi segura, y si eso es así, no quiero volver a saber nada de esa señora.

— Arianna….

— Ni Arianna, ni nada, papá era el mejor hombre del mundo y mamá se la pegaba con otro. No le deseo eso a nadie, y mucho menos a nuestra familia. ¿Por qué nos inculca la fidelidad cuando ella es la primera que no lo hace?

— Estás sacando conclusiones precipitadas.

— Tranquilo, que nada más la vea se lo preguntaré.

— Ahora no está, no tengo ni idea de dónde ha ido.

— ¿Quieres que te lo diga yo?

Miro directamente a los ojos a mi hermano, sé que a él también le ha afectado la situación como a mí. Yo hablo desde el enfado, desde la imagen que no para de aparecer en mi mente e intento eliminar con todas mis fuerzas.

No aguanto más estar ahí encerrada y decido que me voy a ir a dar una vuelta. No tengo ni idea de a dónde voy a parar, pero ya lo veré por el camino. Me giro dándole la espalda a mi hermano, cojo mi mochila, y me pongo los zapatos.

— ¿Dónde vas?

— A dar una vuelta, necesito despejarme de la mierda de días que llevo.

Sin más salgo de la puerta, y de mi casa. Me encamino a buscar mi coche y me subo. Arranco y no sé a dónde ir, sigo las carreteras sin saber mi destino, pero me da igual. Solo necesito tiempo para estar sola.

A la media hora de conducir me paro en la playa. No tenía intención de acabar ahí pero aquí estoy. Aparco el coche y me bajo. Me quito los zapatos y camino por la arena. No hay casi nadie, hace calor, pero aún no la suficiente para estar en la playa.

El roce del agua me tranquiliza, camino un poco más por la orilla. Mi teléfono empieza a sonar, lo saco y quiero lanzar el móvil cuando leo el nombre de Aidan. Rechazo la llamada y vuelvo a meter el móvil en la mochila. El chico no deja de insistir hasta tres veces más. ¿Qué más quiere? Ya ha tenido lo que ha querido, que me deje en paz y que se vaya con las demás.

A la media hora me siento a descansar en la arena. Vuelvo a sacar mi móvil y veo que Aidan ya se ha cansado de insistir, mi móvil vibra porque acabo de recibir un mensaje nuevo. Me doy cuenta de que ya me había escrito hace unos 45 minutos, antes de la primera llamada.

Aidan: “¿Cómo coño te vas de mi casa sin avisar? Ariadna, eres una puñetera niñata”

Tal como leo eso me río, ¿en serio pensaba que me iba a quedar ahí? ¿Contenta? Menuda idea más idílica tenía este chico sobre mí.

Aidan: “Arianna, ahora entiendo por qué te has ido, todo tiene una explicación, en serio”

Entiendo que el primer mensaje lo ha enviado antes de saber que lo había descubierto todo. En el segundo mensaje parece que se arrepienta de lo que ha pasado, pero solo es una fachada. Solo me quiere para follar y adiós y yo no soy así.

Apago el móvil y lo meto en la mochila. Este domingo es solo para mí y para mis sentimientos dolidos. Me levanto y me dirijo al coche. Ya es hora de comer, así que paro en el primer restaurante de comida rápida, pido mi menú y disfruto de unas patatas fritas y de unos Nuggets mientras sorbo de mi Coca-Cola.

Me meto de lleno en mis pensamientos. En lo que ha cambiado mi vida en cuestión de días. Y lo que me arrepiento de haber dejado que todo cambiará. ¿Cómo no me pude dar cuenta? Tendría que haberme fiado de mi instinto que me decía que Aidan no era bueno para mí.

Lo que más me fastidia es que Aidan era especial, que hacía mucho tiempo que no sentía nada por nadie. Que nuestro juego había acabado con fin de la partida para mí. Y que él seguiría con su vida, con Lisa, con sus tres mil chicas, y solo pensar la idea me repugna.

¿Cómo voy a trabajar ahora así? Mis dos jefes se lían, y yo me he liado con mi jefe. Pienso automáticamente en irme de la empresa, acabo de empezar, no me echarán de menos. Luego pienso que necesitamos el dinero y a regañadientes admito que dejar el trabajo no es una solución.

Pido un helado para llevar y camino por las calles abarrotadas hasta llegar a mi coche. Me siento en la parte del piloto y me termino el helado tranquilamente. Decido encender el móvil, voy a avisar a Ian de que necesito urgentemente terapia.

Otro maldito mensaje de Aidan aparece en la pantalla:

Aidan: “Tu hermano no quiere decirme dónde estás. Le he insistido durante diez minutos y ha acabado diciéndome que no tenía ni idea. ¿Dónde te has ido, inconsciente?”

Otro mensaje a los cinco minutos del de arriba:

Aidan: “Lo digo en serio, Arianna, enchufa el maldito móvil o pongo a media policía a buscarte por toda la ciudad”


Capítulo 19

De mal en peor

Aparco el coche en un hueco que he encontrado cerca de mi casa. Al final se me ha olvidado mandarle un mensaje a Ian, pero me da igual. Me pienso presentar en su casa igualmente, si está follando, que deje de hacerlo. Su mejor amiga necesita ayuda urgente.

Me cuelo en el portal justo cuando un vecino sale, cojo el ascensor y cuando llego a su planta, llamo al timbre. Ian me abre completamente vestido y con el pelo en su sitio así que debe de estar desocupado.

— Fíjate, ahora iba a llamarte.

— A buenas horas, después de haber desaparecido desde anoche.

— Le dije a Nathan que te dijera a dónde iba.

— ¿Tan cargados tenías los huevos que tenías que irte?

— Era extrema necesidad.

Entro en el apartamento y me siento en el sofá. Dando unas palmadas al sitio de mí lado, invito a Ian a que se siente. Él lo hace enseguida y me interroga con la mirada para que empiece a hablar.

— Tengo muuuuuuucho que contarte.

— Tenemos toda la tarde, empieza.

— Me he acostado con Aidan.

— ¿Qué? —mi mejor amigo está muy sorprendido ante aquella confesión, yo también estaría sorprendida después de haber despotricado sobre él tal y como lo he hecho yo.

— Eso, ayer por la noche cuando os fuisteis, pues yo también me fui. Aidan me acompañó hasta mi casa, pero vi a mi madre besándose con otro chico.

— Espera, espera, que se me acumulan los temas. Sigue con lo de Aidan que es mucho más interesante.

— Acabamos en su casa, y entre unas cosas y otras…pues follamos…dos veces…

— ¿Y cómo es? ¡Debe ser un adonis!

— ¿Cómo puedes ser tan cotilla? ¿A caso yo te pregunto por Eric?

— ¡No! Porque ya te lo cuento yo sin necesidad de preguntar.

— Se nota que Aidan tiene muchísima experiencia.

— ¿Qué te esperas? ¡Es impresionante!

— ¿Olvidamos que es un completo gilipollas?

— ¿Y por qué te acuestas con él entonces?

— Porque me atrae, y no puedo negarlo.

— ¿Y dónde está el problema en todo esto?

— En que, para mí, él es especial, pero yo para él…no.

— Explícate.

— Tiene una habitación…toda llena de pizarras con un calendario en el que pone el nombre de una chica cada día de la semana…y luego tiene invitaciones para ir a una casa que se ve que hacen tríos, orgías…y esas cosas…

— ¡¿Qué me estás contando?!

— Me siento humillada, para él solo he sido una más…encima sabía que yo no me iba con cualquiera…

— Menudo gilipollas, es que esto aún reafirma más lo que pensábamos de él.

— Soy una imbécil.

Apoyo mi frente en el hombro de Ian, y me rodea con el brazo. Los mimos de Ian siempre son reconfortantes. Ojalá no fuese gay.

— ¿Y con tu madre que ha pasado?

— Ese tema es…pues ya te lo he contado, la vi con otro hombre, y tengo la corazonada de que le ponía los cuernos a mi padre con él.

— No puede ser…tu madre es una buena mujer.

— Se lo preguntaré, y si es así ya se puede ir olvidando de hija.

Ian se queda callado. Yo cierro los ojos un rato para intentar relajarme. Menudo día de mierda estoy teniendo. Me acerco a la mesa y cojo el mando de la televisión, busco una película que me ayude a distraerme de todo lo que pasa por mi mente. Ian se levanta y a los cinco minutos vuelve con un cuenco de palomitas. Vemos la peli relajados mientras la vamos comentando de vez en cuando.

Mi móvil empieza a sonar, y es Ian el que se aproxima a ver quién me está molestando. Cuando lo lee, puedo adivinar con su mirada el causante de que el maldito cacharro este sonando. Niego con la cabeza y me resigno. Ian que nunca hace caso a nada de lo que digo, descuelga la llamada, pone manos libres y me hace un gesto con el dedo para que me mantenga en silencio.

— ¿Te parece normal desaparecer y no decir a dónde vas a nadie?

— Perdona, chico, pero para hablar con mi amiga debes tener un poco de respeto.

— ¿Quién coño eres?

— Me hablas bien o te cuelgo.

— ¿Puedo hablar con Arianna?

— Por poder podrías, pero ella no quiere.

— Tengo que explicarle algo, dile que se ponga.

— Mi amiga se pondrá cuando dejes de meter la polla en todos los agujeros que encuentres, hasta entonces, olvídate de ella.

Y cuelga. Yo me quedo paralizada ante aquella respuesta, sé que no le habrá gustado nada escuchar eso, pero se lo tiene bien merecido, por imbécil.

— Eres un borde.

— Se lo tiene bien merecido, a ese chico nadie le habrá puesto en su sitio.

El móvil vuelve a sonar, como sea Aidan lo bloqueo directamente. Ian vuelve a mirar el móvil y aparece una sonrisa cuando lee el nombre. Descuelga sin decirme nada.

— Miiii amoooor ¿qué tal? —está claro que es Nathan—. Si, ahora te la paso.

— Hola, Nathan.

— ¿Cuándo vas a volver?

— Acabo de ver una película y voy.

— Mamá está aquí, quiere hablar con nosotros.

— A ver si cuenta ella solita lo que ha pasado…

— Ven ahora, así lo descubriremos antes.

— ¿Tú no te ibas?

— Al final me quedaré, he llevado a Thais a la estación y me he vuelto.

— Vale, ahora voy. En cinco minutos estoy.

Le explico a Ian que me tengo que ir y enseguida salgo. En menos de cinco minutos me planto en mi casa. Está todo revuelto, con maletas de por medio, Nathan está apoyado en una pared con cara de pocos amigos. Cierro la puerta de la entrada y en ese momento sale mi madre con otra maleta.

— ¿Qué significa todo esto?

— Tenemos que hablar.

— Tienes otro hombre.

— ¿Cómo lo sabes?

— Porque os vi ayer por la noche.

— No era la intención de que os enterarais así…

— Pues no sería por qué tú hablaras mucho de él.

— Se llama Diego, es buen hombre. Me pidió que me fuera a vivir con él hace unas semanas, pero yo no os podía dejar tirados.

— ¿Y por lo que veo ahora sí?

— Tienes trabajo, Nathan está a punto de terminar la carrera…

— Y crees que es buen momento para dejarnos tirados.

— Quiero rehacer mi vida, Arianna.

— ¿Conoces a ese hombre cuando papá aún vivía?

— ¿Qué?

— No te hagas la tonta, di la verdad.

— No te voy a mentir, sí.

— ¡No puede ser! ¿Cómo le has podido hacer eso a papá?

— Son cosas que pasan, Arianna.

— Todo esto me parece increíble, le pones los cuernos a saber cuánto tiempo y ahora cuando él ya no está, nos dejas a nosotros.

— No es dejaros, es vivir vidas independientes.

— Genial, pues como vida independiente, olvídate del bar.

— ¿Perdona?

— El bar nos lo dejo papá, a mí y a Nathan, tú no figuras en ningún papel.

— Me he deslomado por sacar ese bar adelante.

— No te mereces el único recuerdo que tenemos de papá.

Sé que han sido palabras muy duras, pero me da igual. Quiero que esa mujer se vaya de casa, y no quiero volver a verla en mi vida. ¿Cómo nos deja así? Con un brazo delante y otro detrás.

— Vale, todo vuestro. Ahora sabréis qué es deslomarse por algo.

— Tranquila, que no sabrás por mi parte si me deslomo o no. No existes para mí a partir de ahora mismo.

— Arianna…

— Ni, Arianna, ni nada. ¿No te quieres ir? Pues adiós.

Me acerco a la puerta y se la abro. Ninguno de los tres mueve un pelo durante un minuto. Nuestras miradas se van intercambiando, hasta que me canso de tanta tontería, me acerco a una maleta y la arrastro hasta el descansillo. Mi madre capta la indirecta, coge las demás maletas y se va sin decir nada más. Pego un portazo y miro a mi hermano, que ni si quiera ha abierto la boca.

— Esto no puede estar pasando…

— Tenemos que ser fuertes, Nathan.

— ¿Cómo vamos a llevar un negocio? ¿Y la casa? ¿Y la carrera?

— Buscaremos la solución, no te preocupes.

— Esto es imposible.

— Va a salir todo bien, confía en mí.

Le doy un abrazo a mi hermano. Menos mal que lo tengo a él. Esta familia se desestructura por momentos y es lamentable.

Nathan y yo nos ponemos a hacer algo de cenar, aunque no tenemos mucha hambre, todo este rollo nos ha quitado el apetito. Nos hacemos un plato de sopa que nos tomamos en un segundo. Luego sin ganas de más, cada uno se mete en su cama dándonos las buenas noches.

Mi cabeza empieza a ir a mil por hora. ¿Cómo lo voy a llevar ahora todo? Con mi sueldo en la empresa no me da para pagar el bar, la casa y todos los gastos que hay. Espero que Nathan se quede más tiempo y pueda hacer un poco de cocinero hasta que encontremos a alguno que podamos pagar. Cosa que resultará difícil.

Me va a estallar el cerebro. Prefiero no pensar en nada y quedarme dormida, aunque no es tarea fácil. Mi mente se pone a juguetear ahora con Aidan. No sé por qué le echo de menos. Tengo que grabarme a fuego que no es bueno para mí, que me tengo que mantener alejada de ese hombre.

Y como por arte de magia, o una conexión sublime con mi jefe, mi móvil empieza a sonar porque ha recibido un mensaje.

Aidan: “Duerme bien, Ariadna. Espero que mañana en la empresa podamos hablar tranquilamente. No es todo lo que tú te piensas. Besos, ricura”

Me entran las ganas de contestarle, pero me mantengo fiel a mí misma e ignoro el mensaje. Mañana lo tendré que ver, pero que quiera hablar es otra cosa. No tendrá tan fácil que mantenga una conversación con él. Es un cabrón, y me las pagará.

Anuncios